PIEZAS DE PORCELANA (Jaime Ros Felip, 2005)
Pocos saben de su existencia, pero aquí en nuestra ciudad, un museo muy especial ofrece recorridos guiados a través de diferentes salas, en las que se exponen auténticas piezas de artesanía.
Se trata de un museo mágico, aunque los artículos que llenan sus estantes son el resultado de una desnuda realidad, nuestra realidad. Allí, es posible encontrar a nuestros padres, a los padres de nuestros padres, a nuestros hijos e incluso, a nosotros mismos.
Ahora mismo, en estos instantes, un grupo de visitantes sigue con interés las explicaciones del guía en la sala de “Piezas de Porcelana”. Os invito a que le oigamos, guardad silencio y estad atentos, no vaya a ser que con nuestro ruido y nuestra indiferencia rompamos la magia del momento.
- Acérquense aquí, por favor –el guía reclama la atención del grupo y con su mano señala una extraña pieza que se exhibe en la estantería más alta- En este caso, podrán observar uno de los artículos que se están poniendo más de moda. Recibimos muchos como éste. Nuestro almacén dispone de una amplia gama de ejemplos. –Los visitantes consiguen colocarse de forma que todos pueden escuchar y miran atentos a la estantería, esperando a que el guía accione la palanca.
- No se pierdan ni un solo detalle. Vale la pena se lo aseguro. –Apoya su mano en una pequeña palanca que sobresale del lateral de la estantería después de marcar en un sencillo teclado, el código del artículo al que está haciendo referencia.
Inmediatamente, desde el centro de la pared, se abre un pequeño rectángulo luminoso que va creciendo hasta convertirse en una gran pantalla en la se ven varias personas. Parece una reunión de trabajo. Tres hombres y dos mujeres están discutiendo alrededor de una mesa ovalada en la que se extienden carpetas de cartón de diferentes colores.
- Tenemos un grave problema –está diciendo uno de ellos-. No encuentro candidatos que reúnan las características suficientes para cubrir estos puestos de trabajo. ¡Son unos blandos!
- ¿Qué está ocurriendo? En estos últimos años los recién universitarios han perdido la capacidad de esfuerzo. –Quien habla es una de las mujeres que parece de mayor edad y probablemente con más cargo jerárquico.
- Yo tengo muy claro lo que está ocurriendo –responde la otra mujer-. Cuidamos demasiado a nuestros hijos, les llevamos entre algodones y el resultado es éste: ¡una pandilla de blandos incapaces que tienen miedo de enfrentarse a retos que supongan el más mínimo esfuerzo!
- Fijaos, es curioso, -interviene uno de los hombres- aquí tengo las estadísticas de los procesos de selección de varios años atrás. Hace diez años, el 15% de los recién licenciados, superaban satisfactoriamente las pruebas en las que medimos la capacidad de esfuerzo. Hoy este porcentaje no llega ni al 7%. ¡Es tremendo!
- A esto puedes añadir –comenta el otro hombre- que si bien antes los candidatos se preocupaban sobretodo por los contenidos de los puestos de trabajo y por sus posibilidades de desarrollo profesional, ahora las preocupaciones van por otra línea: “¿qué horarios tendré?, ¿cómo se organizan las vacaciones?, ¿hay que viajar mucho?,…”
La pantalla de proyección se cierra sobresaltando a los visitantes y dejando de nuevo a la vista los estantes de la sala.
- ¿Tan frecuente es esto? –Pregunta una mujer del grupo.
- ¡Mucho!, señora. –Responde el guía- De este tipo de artículos, como les decía al principio, estamos recibiendo a centenares. Parece ser que nuestra sociedad está creando personas con poca capacidad de sufrimiento. Es lo que en el mundo empresarial se llama “tolerancia a la presión”, es decir, capacidad de aguantar el esfuerzo que exige un puesto de trabajo.
- Y eso, ¿por qué?
- Suponemos que en gran medida viene de la equivocada convicción de muchos padres de la necesidad de sobreproteger a sus hijos. Cuando a un chaval o a una chavala no le dejamos enfrentarse a situaciones complicadas, estamos coartando su posibilidad de aprender de sí mismo y le hacemos cada vez más dependiente.
- Y, por lo tanto, más débil, ¿no?
- Probablemente –confirma el guía-. El aprendizaje requiere experiencias en las que podamos ponernos a prueba. Si no hay experiencias difíciles, no podemos ponernos a prueba. Si no nos ponemos a prueba, no hay aprendizaje. Si no hay aprendizaje, no crecemos. Si no crecemos, nuestra confianza y seguridad será menor.
- ¿Puede condicionar esto un fracaso profesional? –pregunta un hombre joven del grupo.
- Por supuesto –dice el guía-. Miren por favor este otro artículo. No tiene desperdicio.
El rectángulo de luz vuelve a abrirse obediente al movimiento de la palanca. Esta vez, la imagen muestra una barra de un bar abarrotada de gente. Dos hombres en primer plano, con una cerveza delante y un pequeño plano repleto de frutos secos, hablan en voz alta obligados por el ruidoso ambiente del local.
- Ya nada es como antes. –Comenta uno de ellos- Cada vez menos chavales se interesan por nuestra opción universitaria. ¡Este tipo de carreras asustan! Los chicos quieren alternativas menos duras.
- ¿Tú crees? -Comenta el otro tras dar un largo trago de cerveza-, ¿No será que buscan carreras universitarias con más opción de puesto de trabajo?
- Seguro que influye también; pero está desapareciendo el afán por la investigación. Antes soñábamos con ser aquél héroe que tras mucho esfuerzo, mucho sufrimiento y malos ratos, conseguía su meta. Ahora, sueñan con el dinero fácil. Todos quieren ser alguien en esta vida, pero sin esforzarse demasiado.
- También a nosotros nos asustaban carreras como ésta.
- Ya, claro que nos asustaba; pero al mismo tiempo nos atraía ese riesgo, esa dificultad. Ahora no sólo asusta, ahora genera rechazo. Es una pena. Estas carreras universitarias se están quedando vacías.
Transcurren unos segundos de silencio después de que las estanterías vuelvan a aparecer y uno de los visitantes lo rompe dando una opinión en voz alta.
- Yo creo que se exagera con todo esto –dice convencido-. Si estamos en una sociedad con mayores comodidades que antes, lógico es que nuestros hijos tengan la oportunidad de sustituir esfuerzo por seguridad.
- Yo también pienso igual –la mujer de éste se suma al comentario de su marido-. En el colegio se empeñan en decirnos que somos muy blandos con nuestros hijos, muy permisivos. Considero que es al contrario. ¡Hay tanto riesgo en las calles, en la televisión y en otros muchos sitios, que tenemos la obligación de protegerlos! ¿¡Se imagina usted lo que podría ocurrir si dejáramos tanta libertad a los niños como teníamos nosotros antes!?
- Francamente, no estoy en disposición de responder a eso. –Comenta el guía- Pero los hechos que estamos viendo hoy aquí no dejan de ser claras alarmas. Antes no existía esta sección en nuestro museo. Hoy es de las más importantes. Por alguna razón es así.
- Pues creo que no deja de ser una exageración –comenta la mujer con obstinación.
- ¿Recuerdan ustedes las normas que les dimos al entrar? –El guía se dirige a todo el grupo y les mira hasta que todos asienten- Bien, les advertimos que en este museo pueden encontrarse con imágenes de personas que conocen. Señora -se dirige a quien antes le ha hecho esos comentarios-, ¿tiene inconveniente de pulsar la palanca?
Ella lo hace y se retira un paso cuando la pantalla se abre por tercera vez. Aparece un despacho y en él un chico está hablando con una persona mayor. La mujer que ha accionado la palanca reprime un grito. Ahí está su hijo.
- Pero, vamos a ver –está diciendo el adulto al que el matrimonio del grupo reconoce como uno de los tutores del colegio-, ¿cómo es posible que no quieras formar parte de este grupo de trabajo? Es una oportunidad de subir tu nota y de aprender.
- Ya se lo he dicho –responde el chico- ¡No quiero hacerlo! Mis padres no me dejarán ir a casa de otros chicos tantas veces al mes.
- Y ¿por qué no?
- Porque llego muy tarde a casa y mi padre no puede venir a recogerme.
- Siempre puedes ir en autobús.
- ¡Dígaselo a mi madre!
La escena continúa. Ahora el chico argumenta que ya tiene mucho que estudiar como para dedicarse a otras cosas. El tutor argumenta con poco éxito que puede estudiar más durante los fines de semana. La charla sigue hasta que el guía decide accionar la palanca cerrando la pantalla.
- No entiendo porqué no ha querido –dice el padre del chico preocupado-. Cuando yo era chaval no desaprovechaba una sola oportunidad.
- ¿Ven ustedes todos los artículos que se alinean en la estantería superior, allí a la izquierda? –Pregunta el guía- Pueden haber más de diez mil en estos momentos. Tenemos el almacén repleto con otros muchos.
- ¿Qué son? –Pregunta uno del grupo.
- Nuestras piezas de porcelana más jóvenes. Cada vez hay más. Son chicos que no han adquirido la ilusión por luchar. Se han vuelto quebradizos.
- ¿Insinúa que me hijo es quebradizo? –Es la madre quien habla con un claro tono molesto.
- Sí, señora. Así es.
- ¡Pues no me lo creo!
- ¿Tiene más hijos? –El guía se dirige a ella con un gesto sonriente.
- Sí –responde ella-. Dos más pequeños.
- ¡Estupendo!
- ¿Por qué dice usted eso?
- Porque no me faltará trabajo –comenta el guía-. Dentro de poco, estoy convencido de que también a ellos los voy a conocer. ¿Me acompañan por favor?
Los murmullos del grupo acallan la reacción de la mujer. Abandonan poco a poco la estancia. Salen al pasillo y justo en frente se ve un letrero en lo alto de una puerta. En él se lee “próxima apertura de la ampliación de la sala Piezas de Porcelana”.

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