Si digo que sí, perjudico a mi familia

Durante años dijo que sí. Aceptaba viajes, reuniones, cambios de agenda y nuevas responsabilidades. Era de esas personas a las que resultaba fácil acudir porque casi siempre encontraban disponibilidad.

Hasta que empezó a decir que no. Primero fueron pequeñas negativas. Después aparecieron excusas, explicaciones poco claras y respuestas que, vistas desde fuera, parecían contradictorias.

Nunca habló de su familia. La verdad estaba precisamente ahí: había llegado a un punto en el que aceptar determinadas exigencias profesionales significaba perjudicar seriamente su vida familiar.

Pero como nunca lo dijo, quienes estaban a su alrededor tuvieron que construir sus propias explicaciones.

  • Que había perdido compromiso.
  • Que estaba cansado.
  • Que ya no tenía la misma ambición.
  • Que algo le ocurría.
  • Que quizá estaba pensando en marcharse.

Así crecieron las interpretaciones y ninguna de ellas tenía la etiqueta de ser cierta.

A veces esperamos que los demás comprendan decisiones cuyas razones nunca les hemos explicado y, cuando dejamos un vacío de información, rara vez permanece vacío: alguien acaba llenándolo.

Quizá no siempre podamos contar todo; pero conviene recordar que lo que no explicamos también comunica.


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