Hay equipos en los que aparentemente todo funciona bien, las relaciones son correctas, no hay grandes enfrentamientos, las reuniones transcurren con normalidad; y, sin embargo, los problemas llegan tarde, algunas dudas se comentan fuera de las reuniones y las discrepancias aparecen cuando ya resulta difícil hacer algo con ellas.
No es una situación en la que podamos hablar de confianza. Que alguien sea amable, obedezca, no discuta o mantenga una buena relación contigo no significa necesariamente que confíe en ti.
Confiar supone tener seguridad suficiente para poner algo importante en manos de otro.
- Una duda.
- Una dificultad.
- Una discrepancia.
- Una información delicada.
- Incluso el riesgo de reconocer que uno se ha equivocado.
Quizá una buena manera de saber si alguien confía en nosotros sea observar qué se atreve a poner en nuestras manos. Cuando la confianza empieza a deteriorarse conviene mirar, al menos, tres ámbitos:
La relación. ¿Qué ocurre cuando alguien discrepa, pregunta, se equivoca o trae una mala noticia?
El entorno. ¿Qué presión, intereses o consecuencias rodean esa relación?
El histórico. ¿Qué ha ocurrido anteriormente cuando alguien decidió exponerse y confiar?
Porque la confianza no depende solo de lo que decimos que somos. Se construye también a partir de la credibilidad, la fiabilidad, la concordancia entre lo que decimos y hacemos y la equidad con la que tratamos a los demás.
Y quizá por eso la pregunta más útil no sea «¿confían en mí?», sino otra con mucho más recorrido: ¿qué razones estoy dando para que sea razonable confiar en mí?

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