Cuando el conflicto deja de hacer ruido

Hay una frase que, cuando la escucho en una organización, me preocupa bastante más que asistir a una discusión: «Ya no merece la pena discutirlo».

Puede parecer una señal de madurez. Como si quien la pronuncia hubiera aprendido a relativizar, a elegir sus batallas y a evitar enfrentamientos innecesarios; pero puede significar exactamente lo contrario. Puede existir un conflicto que no ha desaparecido. Lo que ha desaparecido es la esperanza de resolverlo.

Cuando alguien deja de expresar lo que piensa, no siempre es porque todo vaya bien. A veces ocurre porque ha llegado a la conclusión de que hablar no cambia nada. Ese aprendizaje rara vez aparece de repente. Primero, se sigue participando; después, se empieza a medir lo que se dice, algunas cosas dejan de plantearse, otras se comentan fuera de la reunión; hasta que llega un momento en el que determinadas ideas, preocupaciones o discrepancias sencillamente dejan de expresarse.

El silencio también se aprende. Se construye mediante pequeñas experiencias que la persona interpreta como señales: una opinión que no produjo ningún efecto, una advertencia incómoda, una discrepancia que tuvo un coste o una propuesta que acabó diluyéndose.

Por eso sería un error interpretar automáticamente el silencio como conformidad.

Cuando el conflicto cambia de forma

Los conflictos silenciosos tienen una particularidad: pueden resultar menos molestos que los abiertos. No hay discusiones, las reuniones parecen más tranquilas, incluso pueden durar menos; pero que haya menos ruido no significa necesariamente que el equipo funcione mejor.

El desacuerdo puede haberse desplazado. Las conversaciones importantes pueden estar produciéndose en los pasillos, en mensajes privados o después de la reunión. Las personas pueden haber dejado de cuestionar determinadas decisiones simplemente porque consideran que hacerlo ya no merece el esfuerzo.

Es el momento en que aparece una paradoja: el conflicto parece haber disminuido precisamente cuando puede estar siendo más difícil de gestionar.

Una pregunta incómoda para quien dirige

Ante estas situaciones es fácil preguntarse: «¿por qué no hablan?»; pero quizá haya una pregunta anterior: «¿qué ha ocurrido para que hayan aprendido que no merece la pena hacerlo?»

Ahí cambia bastante el punto de vista.

Ya no se trata de buscar quién tiene la culpa ni de pedir simplemente «más participación». Se trata de comprender qué experiencias han ido cerrando la conversación y qué condiciones tendrían que cambiar para volver a abrirla.

Cuaderno de campo 001

Una mirada visual a las señales, causas y consecuencias de ese conflicto que deja de oírse.


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