¿Cómo sabes si confían en ti?

Hace tiempo, en una conversación con un responsable de equipo, apareció una frase que he escuchado muchas veces: “Yo creo que la gente confía en mí.”

Lo decía convencido. Había buen trato, las reuniones eran cordiales, nadie parecía tener grandes quejas y, cuando preguntaba si había algún problema, casi siempre recibía una respuesta parecida: “No, todo bien.” Sin embargo, algo no encajaba: los problemas importantes le llegaban tarde, las dudas circulaban antes por otros canales, algunas discrepancias aparecían cuando la decisión ya estaba tomada y ciertas preocupaciones solo se expresaban cuando ya era difícil hacer algo con ellas.

Entonces le hice una pregunta sencilla: “¿En qué notas que confían en ti?”

Se quedó pensando. Primero habló del clima, de la buena relación, de la educación con la que se trataban, de que no había conflictos abiertos. Todo eso podía ser cierto. Pero no respondía del todo a la pregunta porque la confianza no se comprueba solo en que alguien te salude bien, te responda con amabilidad o no te lleve la contraria en una reunión. La confianza se comprueba en lo que las personas se atreven a poner en tus manos: una preocupación, una mala noticia, una discrepancia, una información delicada, una duda profesional, una expectativa, una parte de su reputación.

Confiar no es simplemente llevarse bien, es tener la seguridad suficiente para dejar algo importante para mí en manos de otra persona sin sentir que queda desprotegido.

Por eso la confianza es tan difícil de medir.

Puedes tener un equipo amable y poco confiado. Puedes tener reuniones tranquilas y conversaciones importantes fuera de ellas. Puedes tener personas que cumplen, pero que ya no se arriesgan a decir lo que piensan. Puedes tener silencio y confundirlo con acuerdo.

Cuando no entendemos bien qué es la confianza, solemos gestionarla mal.

La confundimos con simpatía, la confundimos con obediencia, con ausencia de conflicto, con buen ambiente, con que nadie nos diga nada. Entonces podemos cometer un error muy habitual: pedir confianza a quienes todavía no tienen razones suficientes para entregarnos algo importante.

Aquel responsable empezó a mirar la situación de otra manera cuando dejamos de preguntarnos si su equipo “confiaba” o “no confiaba” en él, como si fuera una respuesta simple. Miramos tres cosas.

La primera fue la relación directa con él.

Ahí aparecieron matices importantes. El equipo lo veía capaz. Reconocía que tenía recursos, experiencia y conocimiento. En ese sentido, le veían creíble. Pero no siempre le veían igual de fiable. Cuando cambiaban las prioridades, no siempre explicaba bien el motivo. A veces tardaba en informar de una incidencia. A veces el equipo se enteraba por terceros de decisiones que le afectaban.

También apareció una duda: algunas personas no entendían bien el criterio con el que tomaba determinadas decisiones. No pensaban necesariamente que fueran decisiones injustas, pero no siempre comprendían la lógica que las sostenía. En términos técnicos, no existís «concordancia». Por último, apareció la equidad. Algunas personas sentían que él defendía con más fuerza unos intereses que otros. No porque actuara de mala fe, sino porque no siempre hacía visible que tenía en cuenta lo que importaba a todos.

La segunda pregunta fue el entorno.

El equipo trabajaba con mucha presión. Había objetivos exigentes, poco margen de error y una cultura en la que reconocer un problema podía interpretarse como falta de capacidad. En ese contexto, contar una dificultad no era solo informar: era exponerse.

Y la tercera fue el histórico.

Meses antes, una persona había compartido una preocupación delicada. Aquello terminó comentándose en otras conversaciones. Nadie quiso hacer daño, probablemente. Pero el mensaje que recibió el equipo fue claro: “Cuidado con lo que cuentas, porque puede circular.”

Con todo esto, el responsable entendió algo importante: no necesitaba pedir más confianza, necesitaba reconstruir las razones por las que confiar fuera lo razonable.

La confianza no se exige, se debe conseguir que sea posible. Esto ocurre cuando te ven creíble, cuando te ven fiable, cuando entienden el criterio con el que actúas, cuando perciben que tienes en cuenta lo que les importa y actúas con justicia. También se vuelve posible cuando el entorno no castiga la sinceridad o cuando el histórico no está lleno de pequeñas experiencias que enseñan a protegerse.

Por eso, quizá la pregunta no debería ser solo: “¿Confían en mí?” La pregunta más útil, y también más incómoda, sería: “¿Qué razones estoy dando para que sea razonable confiar en mí?” Porque cuando alguien confía, entrega algo que le importa y, si deja de hacerlo, conviene no interpretar demasiado deprisa que no tiene nada que decir, a veces sí lo tiene, solo que ya no está seguro de que ponerlo en tus manos sea una buena idea.

Cuaderno de campo 002

Esquemas que ordenan las bases de la confianza.


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