Donde menos te lo esperas

Los mejores maestros no suelen ser aquellos de los que más se habla. El valor de quienes son capaces de seguir enamorándose de su trabajo a pesar de que éste les aporte no pocos sinsabores, escasas satisfacciones e infinidad de motivos para pensar que poco pueden hacer en él.

Compartí dos tardes de trabajo.

Ellos sumaban 18 profesionales dedicados a la enseñanza de alumnos que, en un porcentaje nada despreciable, vivían etiquetados por ellos mismos o por su entorno familiar y social, con motivos justificados o no, de marginales, problemáticos, con futuro incierto.

No quiero entrar en los motivos de ese «etiquetaje«, pero sí en lo que aquellos profesionales de la enseñanza fueron capaces de transmitir y compartir conmigo. Y no fue otra cosa que su capacidad de reinterpertarse cada día para renovar su ilusión por no dejar de apostar por sus alumnos. Aún sabiendo que algunos de ellos no iban a llegar mucho más lejos de donde ahora estaban, o incluso peor.

Profesionales que después de tantos años en la brecha, eran capaces de esbozar una sonrisa sincera, enmarcada en esas ojeras alimentadas por un esfuerzo constante, y decirte que «me gusta mi trabajo aunque lo odie a menudo«, «no sé cuándo ni cómo, pero estoy convencido de que les ayudamos«, «en muchas ocasiones no sé qué hacer, pero debo estar ahí, enfrentándome a ellos, enfrentándoles a sí mismos, ayudándoles a dar aunque sea un pequeño-gran paso«.

Cuando regresé no podía dejar de pensar en los otros muchos escenarios profesionales que comparto con mis clientes. Proyectos en los que defiendo la importancia de asumir frente a la trampa de resignarse. Qué fácil es caer en ésta y qué esfuerzo requiere mantener viva la primera. Pero al final, sólo depende de cada uno de nosotros.

Es curioso cómo las mejores lecciones suelen proceder de quien teniendo poco y enfrentándose a una tarea imposible, es capaz de arañar este calificativo y transformarlo en posible porque demuestra tener la valentía de reintrepretarse continuamente y dar valor, un pequeño-gran valor, que le sirve para mantener  esa ilusión que, no sólo en los cuentos, mueve montañas.

Son maestros y tuve la gran suerte de estar unas horas con ellos.

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