Donde menos te lo esperas (La columna de hoy 04-12-2017)

Los mejores maestros no suelen ser aquellos de los que más se habla.

Semanas atrás, viví una experiencia que puso en su sitio el valor de quienes son capaces de seguir enamorándose de su trabajo a pesar de que éste les aporte no pocos sinsabores, escasas satisfacciones e infinidad de motivos para pensar que poco pueden hacer en él.

Compartí dos tardes de trabajo.

Ellos sumaban 18 profesionales dedicados a la enseñanza de alumnos que, en un porcentaje nada despreciable, vivían etiquetados por ellos mismos o por su entorno familiar y social, con motivos justificados o no, de marginales, problemáticos, con futuro incierto.

No quiero entrar en los motivos de ese “etiquetaje“, pero sí en lo que aquellos profesionales de la enseñanza fueron capaces de transmitir y compartir conmigo. Y no fue otra cosa que su capacidad de reinterpertarse cada día para renovar su ilusión por no dejar de apostar por sus alumnos. Aún sabiendo que algunos de ellos no iban a llegar mucho más lejos de donde ahora estaban, o incluso peor.

Profesionales que después de tantos años en la brecha, eran capaces de esbozar una sonrisa sincera, enmarcada en esas ojeras alimentadas por un esfuerzo constante, y decirte que “me gusta mi trabajo aunque lo odie a menudo“, “no sé cuándo ni cómo, pero estoy convencido de que les ayudamos“, “en muchas ocasiones no sé qué hacer, pero debo estar ahí, enfrentándome a ellos, enfrentándoles a sí mismos, ayudándoles a dar aunque sea un pequeño-gran paso“.

Cuando regresé no podía dejar de pensar en los otros muchos escenarios profesionales que comparto con mis clientes. Proyectos en los que defiendo la importancia de asumir frente a la trampa de resignarse. Qué fácil es caer en ésta y qué esfuerzo requiere mantener viva la primera. Pero al final, sólo depende de cada uno de nosotros.

Es curioso cómo las mejores lecciones suelen proceder de quien teniendo poco y enfrentándose a una tarea imposible, es capaz de arañar este calificativo y transformarlo en posible porque demuestra tener la valentía de reintrepretarse continuamente y dar valor, un pequeño-gran valor, que le sirve para mantener  esa ilusión que, no sólo en los cuentos, mueve montañas.

Son maestros y tuve la gran suerte de estar unas horas con ellos.

El ovillo de lana

gato-ovillo-de-lanaPreparando un artículo, decidí insertar en él un cuento muy breve que permitiera ilustrar una de las conclusiones a las que solemos llegar las personas después de habernos enfrentado ineficazmente a alguna tarea compleja, y comprobar cómo otros la resuelven sin despeinarse. Lo comparto con vosotros porque creo que en muchas ocasiones nos parecemos a ese gato que juega con el ovillo de lana.

Espero que os guste

EL OVILLO DE LANA (Jaime Ros Felip, 2014)

El hilo de lana envolvía sus patas dibujando un trazado imposible. Sus maullidos gritaban al mundo reclamando la ayuda que merecía recibir. Él había encontrado el ovillo. Estaba en una de las bolsas de tela que tanto le gustaba investigar. Entre las grises agujas de diferentes grosores que sobresalían de la bolsa, asomaban hilos de colores que en movimientos suaves y oscilantes, le pedían que acudiera pronto a jugar con ellos.

Un gato no podía resistirse a esa invitación. Él era un gato y no pudo. Su ama, la simpática viejecita que le obsequiaba con caricias y con leche templada, había salido de casa. Ahora él era el dueño del lugar.

Un salto ágil, un sacar las uñas para atrapar ese ovillo de color llamativo, unas carreras persiguiendo la lana juguetona, un revolverse sobre su espalda una y otra vez con el ovillo deshecho y un quedarse atrapado por esa misteriosa lana que supo ganarle la partida. Al final, su querida viejecita llegaría para salvarle; pero nadie le explicaría qué había ocurrido y por qué algo tan ordenado se podía convertir en una experiencia tan compleja.

Los minutos pasaron y él desesperaba. Quería salir de esa trampa en la que había caído sin darse cuenta. Cada movimiento empeoraba la situación. El miraba constantemente a la puerta de entrada al salón anhelando ver entrar por ella a su viejecita, hasta que por fin, ella llegó.

  • Pero, ¿qué has hecho pequeño?

Sólo sabía maullar y mover torpemente su cuerpo en un intento de conseguir que ella se diera prisa. El bolso quedó apoyado en un viejo sofá, las anquilosadas rodillas se doblaron al lado del gato y las manos huesudas empezaron a deshacer con paciencia los múltiples nudos mientras que aquella suave voz acariciaba sus orejitas tranquilizándole.

  • Ya está, ahora puedes correr libre.

Pero no lo hizo. Se quedó mirando a su salvadora con esos ojos que sólo los gatos saben poner. Ella estaba rehaciendo el ovillo con una velocidad asombrosa y al poco tiempo, estaba con agujas bajo sus brazos tejiendo algo que al gato le parecía una tarea imposible.

  • ¿Sabes una cosa? – Dijo la viejecita mirando a su gato y sin perder por ello uno sólo de los puntos que se iban creando con rapidez – Me has recordado a mis nietos. Sí, ya son mayores, pero a veces pienso que se complican la vida tontamente. Tienen tantas cosas en la cabeza que se enredan con ellas como tú has hecho con el ovillo, sin darse cuenta de que todo es mucho más fácil de lo que parece.

El gato la miraba enamorado por esa voz dulce y melodiosa.

  • Sólo hace falta evitar que el saber qué, sea huérfano del saber cómo.

Necesito del bosque para ser árbol

robleLos cuentos poseen una magia especial. No todos somos capaces de abrirla y dejar que nos impacte; pero cuando lo hacemos, un cuento siempre deja huella y según quién lo lea y cuándo lo lea, la huella le lleva a reflexiones y emociones diferentes.

Cada vez que publico uno, siento la curiosidad de saber qué provoca en quienes lo leéis. Cada vez sois más los que me regaláis comentarios y siempre me sorprenden. Es curiosa la magia de los cuentos y cómo pueden invitar a recordar y a reflexionar sobre vivencias personales y profesionales. A veces pienso que un buen cuento no pone fronteras, somos nosotros los que las creamos.

Este que comparto hoy tiene un valor muy especial que he compartido durante estas semanas con los míos. Espero que si lo lees, te invite con su magia.

NECESITO DEL BOSQUE PARA SER ÁRBOL (Jaime Ros Felip, 2013)

Se sentía confusa, no sabía con certeza quién era ni qué papel jugaba en el mundo que le había tocado vivir. Hacía días que crecía en su interior esa desagradable sensación. Se notaba vacía, como si no tuviera identidad.

Nunca antes le había ocurrido algo igual. De pequeña, sus padres le decían que llegaría lejos. A ella le gustaba mucho escuchar eso de mamá y de papá. Pero ellos ya no estaban allí. Se habían ido como lo hizo antes su abuelito, poco después de que se fuera su abuelita. Ella fue la primera en irse. Recordaba ese momento como un intenso vacío en su interior. Las arrugadas manos de su abuelita se quedaron frías, inertes y nunca más acariciaron su revoltoso pelo. Después su abuelo, mucho más tarde sus padres. También algunos amigos y conocidos.

Había pasado mucho tiempo desde entonces. Cuando se miraba en el espejo por las mañanas, se sorprendía encontrando algún nuevo regalo del tiempo que intentaba disimular aplicando con cuidado esas cremas y pinturas que llenaban una de las estanterías de su cuarto de baño. No, no era vieja, su edad aún no había traspasado ese umbral; pero se sentía algo vieja, o quizá cansada.

Nunca quiso casarse y no tuvo hijos. Reconocía envidiar de vez en cuando a sus amigas cuando las veía repartir abrazos y juegos con unos pequeños que se abrazaban a sus piernas gritando `mamá, mira lo que he hecho´. Eran momentos en que se sentía lejana de su entorno, como si no perteneciera a él.

Ya se lo decían sus compañeras de trabajo: `En nuestra profesión, todo son aves de paso´. Ella era profesora en la pequeña escuela del pueblo. Muchos años viendo pasar a más y más niños por su aula. La nostalgia de ver que el fin de cada curso se llevaba a sus pequeños de su lado, intentaba suplirla ilusionándose por los que debían llegar al curso siguiente. Pero eso le costaba cada vez más. Era como si tras cada curso, los niños se hubieran llevado una pequeña parte de ella y la dejaran, año a año, más vacía.

  • Es como si mi memoria se hubiera quedado en blanco y negro – Se decía en voz alta mientras dejaba que sus pasos la llevaran sin rumbo fijo aquella tarde de sábado.

Antes, los fines de semana corrían veloces, se terminaban casi antes de empezar. Pero en las últimas semanas sentía lo contrario. Era el mes de octubre. Un nuevo grupo de niños había entrado en su aula; pero no podía olvidar al del curso anterior. Fue un grupo precioso. Disfrutó con ellos como nunca lo había hecho antes. Pero ahora ya no estaban. Su pequeña María, su travieso Jesús, su marisabionda Isabel,… Fue el mejor curso de su vida y ahora los echaba de menos. Veía al nuevo grupo como si estuvieran lejos. No era capaz de acercarse a ellos como antes lo fue.

  • ¿Dónde estoy? – Se detuvo sorprendida por el largo paseo que llevaba. Se había alejado mucho del pueblo y se había adentrado en uno de los bosques que lo rodeaban. Miró a su alrededor y no pudo evitar sonreír con cariño.

Era un lugar conocido. Había estado allí en varias ocasiones de pequeña. Recordaba con cariño los paseos con su abuelo y las preguntas que él invitaba a que hiciera a los árboles. Los árboles eran muy sabios, pero para aprender de ellos, era necesario saber qué preguntarles y hacerlo con respeto. Quizá por eso decidió ser profesora. Las respuestas de su abuelo y las respuestas de los árboles le causaron tal cantidad de emociones que ella quería regalar lo mismo a otras personas.

Pero nunca volvió a escuchar la voz de los árboles. Tampoco lo intentó. Era un tesoro que compartía con su abuelo y cuando él se fue, los árboles enmudecieron. Quizá fue porque sólo escuchaban la voz de su abuelo o quizá porque ella no volvió a preguntar.

Era curioso cómo la memoria jugaba con sus pensamientos. El vacío que notaba en su interior intentaba llenarse de imágenes de antes y de ahora. Pero todas parecían pertenecer a vidas diferentes. Entraban y salían de sus pensamientos sin dejar huella, como si se tratara de un documental proyectado en cine mudo.

  • Para ti, árbol, ¿qué es la memoria? – Se había acercado a un viejo roble conocido. Una de las voces que escuchaba con su abuelo.

Se sintió incómoda, como si estuviera haciendo algo inadecuado, demasiado infantil para una persona de su edad. Dio la vuelta dispuesta a continuar con su paseo a ninguna parte.

  • ¿La memoria? – Esas palabras, surgidas tras de sí, pronunciadas en esa voz grave, lenta, sabia, la paralizaron. Encogió los hombros y se dio lentamente la vuelta. El roble había hablado. ¿Había hablado?
  • ¿Árbol? – Dos pasos hacia delante la colocaron al lado del nudoso tronco.
  • La memoria… – La voz surgió de nuevo con los matices que recordaba de pequeña – Para mí, la memoria es el bosque.
  • ¿El bosque? ¿Qué quieres decir con eso? – Sin darse cuenta, había vuelto a ser la niña que llegaba con su abuelito, cogida de su mano, y aceptaba sin ningún temor que un árbol pudiera hablar.
  • Si yo soy árbol es por el bosque. Sin él, yo no sería árbol. – El sonido surgía de algún lugar del tronco. Quizá en la zona alta, donde las primeras ramas principales se abrían en ese abanico de espiral desordenado que parecía querer abrazar el cielo. – Yo soy árbol porque guardo en mí los recuerdos que he compartido con mis hermanos, los otros árboles que ves. Soy árbol por las imágenes de la lluvia goteando entre mis hojas, por la luz del sol salpicada de las sombras de nuestras hojas, por el sonido del viento jugando entre los que vivimos en el bosque, por el cosquilleo de esos animalitos diminutos que corretean entre mis raíces. – Ella escuchaba absorta, feliz de volver a vivir esas sensaciones de niña – Para mí la memoria es el bosque, los recuerdos que he querido compartir con él y que él me ha regalado, los recuerdos buenos y malos. Sin el bosque, yo no sería árbol.

Se había sentado en una piedra cercana y pensaba en las palabras del árbol jugueteando con una espiga seca que había recogido del suelo. 

  • Es bonito lo que dices, árbol. Lástima que esos recuerdos puedan quedar en blanco y negro porque realmente no son tuyos, sino de personas que se han ido y te han dejado sola, sola con imágenes que no hacen más que recordarte que los años te convierten en huérfana de todos.
  • Creo que es la tristeza lo que hace que te veas a ti misma así, en blanco y negro.
  • ¿Tú crees?
  • Claro. Es como si me dijeras que esas manos que están jugando con la espiga no son tuyas. Como si añoraras algo que en realidad, tienes contigo. Tu memoria, pequeña, eres tú. Tus imágenes, tus recuerdos, forman parte de ti, hacen que tú seas tú. Tienes tesoros en tu memoria que siendo tuyos, te niegas a ti misma negándolos.
  • Pero son de personas que se han ido, que ya no están conmigo… Mis niños vienen, llenan de imágenes en color cada año y luego se van, dejándome cada vez más sola con el peso de la añoranza que me provoca su recuerdo. Un recuerdo que queda en blanco y negro.
  • Vivir supone sufrir, pequeña. Compartir supone dar. Quien más vive más arrugas acumula, quien más comparte más ha tenido que dar. Pero quien más vive y más comparte, más tesoros acumula en su memoria y más él llega a ser.

Ella alzó la cara y dejó que la brisa acariciara su piel mientras sus ojos se fijaban en ninguna parte pensando en las palabras que acababa de oír.

  • Sólo puede sentir añoranza el que ha vivido y ha compartido. Tu añoranza, pequeña, es normal, pero no es soledad. Sólo está solo el que no tiene nada dentro de si, el que no ha conseguido ser, el que no se ha arriesgado a crear recuerdos. Ese, tiene una triste identidad, una dura soledad llena de vacío.
  • Y, ¿por qué me siento tan vacía?
  • Tu abuelito, tu abuelita, tus padres, tus amigos, tus compañeros, tus niños…, todos ellos han escrito recuerdos en tus páginas, en las páginas de tu memoria. Esos trazos, escritos con mil letras diferentes, son parte de tu memoria, son parte de ti. Cuando los miras piensas que ya no están ahí y, sin embargo, siguen vivos en tu recuerdo, puedes volver a sentirlos, puedes seguir aprendiendo de ellos.
  • Es bonito recordar todo eso.
  • No tengas miedo a releer una y otra vez las páginas de tu memoria, no impidas que los niños que este año tienes contigo, puedan escribir en nuevas páginas. No renuncies a ser tú misma ni a seguir creándote día a día.

La noche extendió silenciosa, su manto por el bosque y ahí seguían hablando el árbol y aquella pequeña niña que había reaparecido después de tantos años. Ella sí que podía oír la voz del árbol, podía aprender de ella, dejarse llevar por sus reflexiones. Había abierto una página del libro de su memoria que quizá tuviera el título “abuelito” y notó el calor de sus frases y el color de sus recuerdos. Se sintió más ella, más llena, con miedo por no ser capaz de seguir llenándose de recuerdos y con ganas de crearse día a día apoyándose en lo que ya era y que su “bosque” le había ayudado a ser.

Los duendecillos

DuendecillosEn una de las sesiones formativas que impartí, el comportamiento de los profesionales que participaban en ella, me recordó algo que escribí hace unos cuantos años y que se lo dediqué a una de mis hijas. Resultó curioso cómo aquellos hombres y mujeres con largas trayectorias profesionales y mucha experiencia acumulada, se dejaran controlar por aquello a lo que hacía años, bauticé con el nombre de “duendecillos” y que utilicé para ayudarme a mí mismo a actuar como padre.

Parece que en ocasiones, los adultos no somos tan adultos como parecemos. Lo cual pienso que no es del todo malo, salvo que sea porque los “duendecillos” nos estén dominando.

Comparto este cuento con vosotros. Espero que os guste.

LOS DUENDECILLOS (Jaime Ros Felip, 2000)

El agua del río era verde. Hacía buen tiempo. Era verano. Las campanadas de las siete de la tarde se sucedían una tras otra llamando la atención de los que por allí, paseábamos.

Fue entonces cuando los vi. Estaban revoloteando alrededor de Almudena y desde entonces, encontraron en ella un lugar donde jugar y divertirse. Un lugar donde hacer sus travesuras, apareciendo y desapareciendo cuando menos lo esperábamos.

Le conté a Almudena la historia de esos pequeños duendes. Le hablé de que hacía muchos años, en un lugar desconocido y mágico, existía una gran montaña que se elevaba hasta casi las nubes hacia las que enviaba delgadas columnas de humo blanco. Era un volcán. El volcán de los gnomos. Aquel sitio en el que tuvieron que encerrar a los duendes revoltosos.

Los gnomos eran buenos guardianes. De todos los gnomos que existen y han existido, éstos se preocupaban de evitar que los duendecillos traviesos molestaran a los humanos. Por eso tenían que encerrar a algunos de ellos en la montaña-volcán. Allí los cuidaban y enseñaban que no debían portarse mal. Aquellos duendes que aprendían, conseguían salir; los que no querían aprender, se quedaban encerrados en la montaña-volcán.

En una de las grandes salas que existían en el interior de la montaña, vivían los duendecillos de los que hablé a Almudena. Eran una gran familia. Todos hermanos. Hacía muchísimo tiempo que los gnomos les encerraron y no conseguían aprender. No tenían remedio. Sus nombres servían para explicar cómo eran, lo cual ocurre con muchos de los duendes que viven en el mundo. El duendecillo gruñón siempre estaba protestando, el duendecillo enfadica mostraba constantemente su malhumor, el duendecillo bromista buscaba cualquier oportunidad para sorprender a sus hermanos, el duendecillo serio era incapaz de reír, en cambio, el duendecillo carcajadas no podía parar de reír. Eran veinte hermanos, cada uno con su nombre y su forma de ser.

Ocurrió que la montaña-volcán que siempre había estado tranquila, empezó a rugir con fuerza y todo a su alrededor tembló. Los árboles se doblaron, los animales salieron corriendo y los gnomos se sintieron muy preocupados temiendo que se les cayera el techo sobre sus cabezas. Durante muchos días y muchas noches la montaña siguió rugiendo y el humo blanco se convirtió en humo negro. De repente, un sonido horroroso rompió la noche y la tierra tembló aún más. Los gnomos decidieron prepararse para sacar de allí a todos los duendecillos, y cuando estaban dispuestos a llamarlos a todos, el ruido cesó y la tierra se calmó. La montaña-volcán volvió a su quietud y a su tranquila columna de humo blanco. Todo había pasado. Los gnomos volvieron a su cama y durmieron contentos porque el peligro había pasado.

A la mañana siguiente, salieron a respirar aire fresco después de desayunar y vieron la grieta en la ladera de la montaña. El temblor de la noche la había abierto. Los gnomos corrieron hacia ella y vieron con espanto que a su través se podía ver la habitación de los veinte hermanos duende y que estaba vacía.

Mucho tiempo buscaron por los alrededores y no los encontraron jamás. No se tuvo noticia de ellos hasta que yo los vi. Allí estaban, encariñados de Almudena y consiguiendo que se enfadara, se riera, gastara bromas a sus hermanos e hiciera muchas cosas extrañas según fuera el duendecillo que jugaba con ella.

Aquel día, junto al río de agua verde, le conté la historia de los duendecillos a Almudena, y le dije que tuviera mucho cuidado. Los duendecillos hacían lo que querían si ella no los vigilaba. Y así lo hicieron. Cuando menos nos lo esperábamos, las cejas de Almudena se juntaban ofendidas y su cara mostraba un inesperado enfado.

  • ¡Almudena, el duendecillo! ¡Lucha contra él!

Ella intentaba separar sus cejas y hacer sonreír a sus labios. Durante unos largos segundos, luchaba contra el duendecillo enfadica. En otras ocasiones, era el duendecillo bromista, en otras, el serio. Uno tras otro querían jugar con Almudena y ella luchaba para tenerlos controlados.

  • ¡Almudena, el duendecillo! ¡Lucha contra él!

Esta frase se repitió muchas veces desde el día que estuvimos en el río de agua verde. Poco a poco, ella ha aprendido a controlarlos. Bueno, casi siempre lo consigue. Ya los conoce bien y los frena en cuanto nota que se acercan. Porque a un duendecillo travieso hay que pararlo al principio, cuando aún se puede.

Su primer eslabón

eslabonEs posible que sea la fuente de muchos problemas con los que hoy nos encontramos.

Recibí hace unos días un correo que hablaba de la pereza. Lo que más llamó mi atención no fue el significado en sí de un concepto conocido, sino la reflexión a la que invitaba sobre cómo la pereza era fuente de deterioro de infinidad de valores.

Resulta llamativo cómo este concepto se mantiene oculto hacia quien lo practica y es tan evidente para los que conviven con quien lo tiene arraigado en su comportamiento. Se oculta maquillándose con maestría.

Ese correo me invitó a escribir este cuento. Espero que os guste.

SU PRIMER ESLABÓN (Jaime Ros Felip, 2013)

Aún tenía la capacidad de soñar. Era de las pocas cosas que todavía podía hacer sin sentir el abrumador peso de las cadenas que le inmovilizaban. Soñaba con lo que siempre habría querido ser. Una persona importante para los suyos, merecedora de reconocimiento, satisfecha de sí misma,… Pero eso era imposible. Quizá hubo un momento en que tuvo aún la oportunidad de emprender el camino que convertiría su sueño en realidad; pero ese instante pasó y quedó en un recuerdo irrecuperable.

Las cadenas se aferraban a su cuerpo, envolviéndolo como serpientes que se hundían en el suelo y volvían a salir para rodear sus brazos y piernas con firmeza. Los eslabones pesaban, pesaban mucho. Sentía que su peso había aumentado con el tiempo. Antes sólo fue una cadena. Ahora eran varias las que le acompañaban y le susurraban lo que debía hacer.

Recordó el inicio. Él era muy joven, casi un niño, cuando encontró el primer eslabón. Se lo regaló un familiar. Alguien poco querido por sus padres. “Es un caradura y un vago”, decían de él. Pero le cayó bien. Era divertido, imprevisible, “vividor de cada minuto”, como a él le gustaba definirse.

Fue él quien le regaló el primer eslabón. En su mano brillaba como sólo pueden brillar los mejores metales. Era precioso, pesaba poco y además, parecía susurrarle palabras divertidas, interesantes, que dibujaban caminos atractivos. El eslabón le convenció de la importancia de mantener un cuerpo sano y descansado. El esfuerzo de levantarse cada mañana no tenía sentido si lo que debía hacer, podía aplazarlo.

  • Date tiempo, ya lo harás, no hay prisa. Si descansas ahora, cuando te pongas a hacerlo, estarás más preparado y con más ganas.

Era tan intenso el susurro y tan atractivo que no pudo resistirse a él. Su familia criticaba su actitud, pero él era consciente de que ellos no tenían el tesoro que guardaba celosamente en sus manos. No tenían el eslabón y no podían entender. Era extraño que algo tan sencillo fuera tan difícil de comprender por quienes le rodeaban.

El eslabón fue creciendo y  con un nuevo susurro, apareció un segundo eslabón engarzado al primero. ¡Qué bellos eran! Si el primero le invitaba a dejar para más adelante sus responsabilidades, el segundo le convencía de que la precipitación en una decisión era un error.

  • Si todo se puede aplazar, si de esta forma ganas tiempo para ti mismo, piensa en lo importante que es acertar en tus decisiones y para ello, debes esperar a que llegue el momento de decidir. No te precipites.

El segundo eslabón llamó al tercero, éste al cuarto, luego el quinto.

  • ¿Para qué tanto esfuerzo por controlarte? Déjate llevar, acepta que no todo puede hacerse e incluso quiérete porque eres capaz de equivocarte.
  • Los fuertes son quebradizos, los que suben alto tienen mayor riesgo de caer.
  • Quien te ordena, quien te manda, no te conoce, no sabe nada de ti, intenta obligarte a algo que puede que no te convenga.
  • ¿Qué beneficio te trae ordenar lo que seguro que se desordenará por sí sólo? En tu desorden encontrarás el orden en el que te sentirás cómodo.
  • Si tanto te cuesta a ti vivir, no les hagas fácil la vida a otros. Tú tienes tus propios problemas que ya resolverás. Que los demás resuelvan los suyos.
  • Quien sonríe satisfecho por un logro es que oculta algo. La vida le ha sonreído no como a ti, que no hace más que perjudicarte.

Ya no eran eslabones los que aparecían con los susurros, eran cadenas que parecían querer crear una segunda piel.

Se sentía incómodo. Intentaba moverse pero era incapaz. Pero no estaba solo. A su lado, a la derecha, un montón de cadenas ocultaban por completo el cuerpo de aquel familiar amigo que le regaló su primer eslabón. Más abajo, a unos metros, descansaban anclados también al suelo, unos amigos con los que compartió eslabones.

Lo que más le dolía era la última palabra que le dedicó alguien que fue un buen amigo durante un largo tiempo. Alguien que nunca quiso aceptar un eslabón. Alguien al que de vez en cuando veía recorrer los caminos cercanos a buen paso y siempre acompañado. Alguien que al pasar cerca de él, giraba la cara, le miraba a los ojos y esbozaba un gesto de profunda tristeza.

  • Te ha matado la pereza, amigo mío. Te ha matado la pereza.

Lo que más le dolía era la última palabra que su amigo pronunció frente a él.

Puedes conseguirlo

BRSJ_2013
Blanca RSJ

Déjate sorprender por lo que eres capaz de hacer. Disfruta de lo que son capaces de hacer los que tienes a tu alrededor.

Si estamos abiertos a pensar que las barreras que vemos no son necesariamente insalvables, superaremos la mayor parte de ellas. Basta con estar atento a lo que vamos consiguiendo y a no dejarlo encerrado en un baúl hermético, sino a utilizarlo como evidencia de que podemos con eso y más.

Cuando una de mis hijas me enseñó el cuadro que había pintado, pensé en ello. Si somos capaces de crear un álbum que se vaya llenando de esos pequeños y grandes logros, tendremos la oportunidad de creer que somos capaces de mover y desplazar muchas barreras que hoy pueden estar complicándonos el ánimo. Si en ese álbum dejamos hueco para los logros que consiguen los que nos rodean, veremos reflejos de nosotros mismos en esas historias.

Y hoy en día, creo no equivocarme al pensar que todos necesitamos tener un buen álbum en nuestro escritorio.

PUEDES CONSEGUIRLO (Jaime Ros Felip, 2013)

Recorrer ese paisaje era algo que le producía sensaciones aparentemente contradictorias. Sabía que debía hacerlo, era algo que no podía eludir e incluso sentía una emoción especial cuando se veía a sí misma completando el viaje. Estaba segura de que al llegar a la meta, ella habría cambiado, sería diferente, más segura de sí misma y con un reconocimiento más intenso por parte de todos sus amigos y de su familia.

Pero tenía miedo. Aventurarse a recorrer esas calles le provocaba ansiedad. Se sabía tímida, dudaba de sus capacidades y no sólo temía fracasar en su intento, sino que notaba en su interior un rechazo intenso a enfrentarse a esa prueba. Probablemente era esto último lo que más la frenaba.

Pero eso fue al principio.

No recordaba cómo había entrado en el paisaje, ni cuánto tiempo llevaba en él. En el inicio del viaje notó una gran soledad. Sus miedos la pintaban sola en unas calles vacías, sin ruido, sin nada que la acompañara. Pero su sorpresa llegó al encontrar reflejos de sí misma que acudían a visitarla mientras sus piernas avanzaban inseguras, por las calles adoquinadas. Se acercaban a ella y le susurraban pensamientos que al principio rechazaba, luego escuchaba temerosa y después atendía interesada.

  • No dudes de ti misma. Eres tú quien crea barreras – Los reflejos insistían.
  • Tengo miedo a equivocarme. No voy a ser capaz. Todos se reirán de mi infantil intento de superar este camino. – Respondía envolviéndose en el abrigo para protegerse del frío que sentía en su interior.

Sus pasos recorrían una calle para desembocar en otra. Al principio dudaba sobre la dirección que debía tomar, pero los reflejos la ayudaban a decidir.

  • Ve hacia la derecha y mira en la fuente.

Su imagen nadaba en la superficie del agua y parecía sonreír. Estaba acompañada de otros con los que compartía algo que no se veía con claridad. Estaba contenta y todos los que con ella estaban, la miraban con orgullo, como si hubiera sido capaz de hacer algo importante.

  • ¿Qué es esto? – Preguntó
  • Estás viendo imágenes de tu pasado – Los reflejos le explicaban los recuerdos que se sucedían en la superficie de la fuente.
  • Pero esto no ocurrió así –decía en voz alta -, los que estaban conmigo no me felicitaban, al contrario, se reían de mi forma de actuar.
  • Dudas demasiado de ti misma. Lo que ves es lo que pensaban, no lo que te decían.
  • ¿Cómo?
  • No haces más que crear cosas que otros admiran y sin embargo, sigues creyéndote incapaz.
  • Ellos se reían de mí.
  • Tú eras la que más te reías de ti misma.

Siguió con su camino y el tiempo dibujó recuerdos y añadió experiencias que iban completando el paisaje. Edificios, árboles, fuentes, calles, estatuas, farolas,… A cada paso que daba, más a gusto se sentía. Empezaba a sentirse como si tuviera en sus manos los pinceles que iban creando el paisaje.

  • ¿Te gusta lo que ves?
  • Es bonito.
  • Eres tú.

Los reflejos seguían con ella. Ya no sentía el frío de antes. El abrigo colgaba, como olvidado, de sus hombros. Echó la vista atrás y detuvo su camino.

  • Todo esto, ¿soy yo?
  • Sí, y todo lo que queda por recorrer es lo que serás.

Ahora, por fin, el paisaje se había convertido en ella, o quizá fue ella quien consiguió convertirse en el paisaje. No lo sabía con certeza. Miró hacia delante, sonrió y reanudó su camino con una seguridad interior que nunca había sentido, dispuesta a sorprenderse de sí misma y de lo que era capaz de conseguir.

Una pizca de sal (361-380)

HombreLibroNos preocupamos mucho por grandes cosas sin darnos cuenta de que es en los pequeños detalles donde está realmente nuestra vida. Hay quienes son capaces de sacrificar cien días para obtener un minuto de gloria. Esto es lo que sugiere la primera de las frases de hoy. Es cierto que incluso aceptamos que la puntualidad es un bien escaso e incluso “de mal gusto” en algunos escenarios.

¡Cuánto crece la popularidad de la espera al caer la de la puntualidad!

  • En este mundo, la puntualidad suele recibir el castigo de la espera
  • Una sola frase puede hacer revivir con intensidad recuerdos y orientar la forma de obtener nuevas experiencias
  • La opinión suele ser precipitada y el conocimiento, prudente
  • Compartir la historia de nuestros mayores nos hace reinterpretar nuestra propia historia
  • Quien trata con respeto e interés a los demás, crea oportunidades dormidas que podrán ser apoyos inesperados a lo largo de su vida
  • Da miedo preguntar qué porcentaje de los impuestos que pagamos se pierden en corrupción y en gestiones mal hechas
  • Si debes decir “no”, maneja con sensatez los motivos que te llevarían al “sí”
  • Es imprescindible que haya personas que nos ayuden a ver el bosque
  • Mejor comunica quien se prepara escuchando a su futuro auditorio que quien lo hace escuchándose a sí mismo
  • Oculta algo oscuro quien, con insistencia, cuestiona un principio ético o moral
  • Lo mejor siempre es consecuencia del buen esfuerzo
  • Quien cierra una puerta debiera pensar si se ha quedado con una llave para volver a abrirla
  • A veces, un sólo minuto da sentido a todo un día
  • Es cierto que el ruido dificulta la atención, pero también lo es que aumenta el estado de alerta
  • Tarde o temprano van a ponerte a prueba, no pierdas el tiempo y prepárate
  • Cuidado, la realidad puede poner en duda muchas de nuestras opiniones. Asegúrate de que conoces antes de opinar con firmeza
  • Interésate y pregunta tanto si aprendes como si enseñas
  • Qué fracaso el de que se miente pensando que ha sido capaz de engañarse de verdad
  • Tu verdadero valor está en cómo reaccionas ante las dificultades
  • El verdadero riesgo no está tanto en las consecuencias de los problemas con los que nos encontramos, como en nuestra actitud frente a ellos

Con los abuelitos en el parque

FutbolParqueQué fácil resulta defender la importancia de fomentar el desarrollo de otros y qué difícil es convertirlo en una práctica habitual.

Francamente, me sorprende que algo que reporta tantas satisfacciones y que provoca resultados magníficos a corto y medio plazo, sea tan complejo de convertir en realidad tanto por las barreras de quien quiere desarrollarse como por las de quien debiera desarrollar a otros.

Esto me recuerda a un cuento que escribí hace años y que fue representado en el teatro del colegio donde estudiaron mis hijos. El cuento cuenta con un protagonista especial: el abuelito. Es una figura que genera confianza, seguridad, a la que siempre se escucha y que es capaz de provocar cambios que parecían imposibles. ¡Cuántos abuelitos necesitan hoy nuestras organizaciones!, no para contar verdades que ya se conocen, sino para conseguir que se escuchen esas verdades y se pongan definitivamente en marcha.

CON LOS ABUELITOS EN EL PARQUE (Jaime Ros Felip, 2004)

Las manos del abuelito eran grandes y estaban llenas de pequeñas manchas de color marrón. A Miguel le gustaban mucho las manos de su abuelito. El las quería tener así cuando fuera mayor. Unas manos fuertes, calientes y arrugaditas como las sábanas de su cama cuando se levantaba por la mañana.

Hoy, Miguel estaba muy enfadado. Era sábado y los sábados venían los abuelitos a casa. Desayunaban juntos un buen tazón de leche y se iban él y su hermana Almudena a jugar con ellos al parque, mientras Mamá y Papá aprovechaban para ir de compras.

Como todos los sábados, compraron el periódico al señor alto de bigote y estaban ya en el parque, con otros niños que vivían cerca de allí. Miguel estaba enfadado porque Almudena no quería jugar a la pelota. Ella siempre llevaba su muñeca preferida y unos vasitos y platos de plástico para jugar a cocinitas con la arena y las hojas que había en el suelo ¡Almudena era una pesada! Con las manos metidas en los bolsillos, Miguel le dio una patada a su pelota amarilla y la hizo rodar hasta los pies del abuelito, que leía el periódico en un viejo banco de madera. Sus manos doblaron el periódico, cogieron la pelota y dieron algunos golpecitos en el banco para que Miguel se sentara allí.

  • ¿Qué le pasa a tu cara? – Dijo a su nietecito.
  • Nada – Miguel se tocó la mejilla con los dedos pensando que se había ensuciado de arena.
  • Entonces, ¿por qué está tan enfadada?
  • ¡Porque Almudena es tonta!
  • ¡Ah! ¿Almudena es tonta?
  • Sí. No quiere jugar a la pelota conmigo ¡Siempre está con sus muñecas y sus cocinitas! ¡Es un rollo! Y, además, no sabe jugar.
  • Miguel – el abuelito lo abrazó con cariño -, Almudena es más pequeña que tú y le gustan mucho las muñecas.
  • ¡Es una pesada y una pequeñaja! ¡Ojalá fuera un hermanito y no una niña! ¡Me lo pasaría mucho mejor!
  • Espera un momento aquí sentado. Vamos a hacer algo especial para arreglar todo este problema.

Antes de que Miguel pudiera decir algo, el abuelito se levantó y se dirigió hacia el lugar donde jugaban Almudena y la abuelita. Les dijo algo al oído, les dio un beso y regresó al banco de madera.

  • ¡Vamos! – Dijo a Miguel
  • ¿Qué vamos a hacer? – Saltó del banco y corrió al lado del abuelito
  • Te voy a enseñar algo.
  • ¿El qué?
  • ¡Ya lo verás!

El parque era muy grande y dieron un buen paseo. Miguel seguía enfadado con su hermana. No soportaba que estuviera todo el tiempo jugando a las muñecas y mucho menos que no supiera jugar al balón. El abuelito intentó calmarlo pero hoy, Miguel estaba muy, muy enfadado.

Al cabo de un rato, llegaron a los campos de juego donde unos niños mayores jugaban al fútbol con un balón de los de verdad. Se lo estaban pasando muy bien y gritaban alegres mientras se lanzaban el balón unos a otros. El abuelito se acercó a uno de ellos y lo llamó.

  • Hola. – Dijo el niño mayor secándose con la mano el sudor de la cara.
  • Hola – Respondió el abuelito – ¿Cómo va el partido?
  • ¡Muy bien! Aunque somos pocos y el campo es demasiado grande – Contestó suspirando con fuerza por lo cansado que estaba. – ¿Qué es lo que quiere?
  • Jugar con vosotros.

El niño mayor se quedó sorprendido. Miró al abuelito y a Miguel y pensó que le estaban tomando el pelo.

  • ¿¡Jugar con nosotros!?
  • ¡Claro! ¿No me has dicho que sois pocos? – el abuelito sonrió- ¡Podemos divertirnos mucho!

El resto de amigos se acercaron y cuando supieron qué ocurría empezaron a reírse y a burlarse del abuelito.

  • ¡Eres demasiado viejo!
  • ¡Seguro que no sabes jugar!
  • ¡No aguantarías ni un minuto con nosotros! ¡Vete a pasear con tu nietecito!

Los niños se reían y a Miguel no le gustó. Se burlaban de su abuelito, eran malos, le estaban insultando.

  • ¡Dejad a mi abuelito! ¡Juega al futbol mucho mejor que vosotros!
  • ¡Mirad a este pequeñajo! ¿Tú también quieres jugar? – gritó uno de los chicos empujando a Miguel – ¡Puedes jugar de balón!.

Miguel levantó la mano para pegarle pero el abuelito le sujetó con fuerza y se lo llevó lejos de allí.

  • Déjalos Miguel, tienen razón. Soy demasiado mayor y tú demasiado pequeño para jugar con ellos.
  • Pero ¡sabemos jugar!
  • ¡Claro! Pero ellos juegan mucho mejor que nosotros y seguro que se aburrirían.
  • ¡Seguro que no! Y además, no tenían porque insultarte.

Siguieron paseando cogidos de la mano alejándose del campo de fútbol.

  • Abuelito.
  • Dime, Miguel.
  • ¿Por qué se han portado tan mal contigo?
  • ¿Tú, por qué crees que lo han hecho?
  • Supongo que porque son unos egoístas.

Los dos se sentaron en un banco. Unos perros jugaban cerca de allí. Corrían de un lado a otro y perseguían los trozos de madera que sus amos les tiraban. El abuelito señaló a un pequeño cachorro que molestaba a los perros mayores tirándose encima de ellos.

  • Fíjate, Miguel. Ese pequeño perro quiere jugar.
  • Se van a enfadar con él. Les está molestando.
  • Verás cómo no.

De repente, uno de los perros grandes se tiró encima del cachorro y le empujó con la cabeza. Parecía que iba a hacerle daño, pero el pequeño se revolvió y cogió con sus patas la cabeza del otro. Otro empujón hizo rodar al cachorro por el suelo. Se puso de pie otra vez y volvió a lanzarse sobre el mayor.

  • ¡Está jugando con él! – gritó Miguel.
  • Claro – dijo el abuelito – El perro grande sabe que el cachorro quiere jugar y aunque no le apetece nada, respeta al pequeño y le entretiene un rato. Así, el pequeño disfruta de lo lindo.
  • ¡Cómo debe querer el cachorro al perro grande!
  • Seguro que sí.

Se levantaron del banco y siguieron paseando. Miguel miró al abuelito y le dijo:

  • Si los niños mayores del fútbol nos hubieran dejado jugar, nos habríamos hecho amigos, ¿verdad?
  • Sí – dijo el abuelito – tanto como los dos perros que hemos visto.
  • ¿Por qué?
  • Porque aunque no jugáramos tan bien como ellos, lo entenderían y no les molestaría. De esta forma, se divertirían ellos y nosotros también.

Estaban ya cerca de donde jugaban Almudena y la abuelita. Miguel miró a su hermana, dio un beso al abuelito, recogió el balón y se acercó. Almudena se levantó y le preguntó de dónde venían. Hablaron un rato, Miguel dejó el balón y se puso a jugar con su hermana en el suelo.

La abuelita se acercó al abuelito, lo miró extrañada, y él, sonriendo, le indicó que se fijara en los niños.

Miguel y Almudena habían dejado los juguetes en el suelo y cogiendo la pelota amarilla, empezaban a jugar juntos.

  • ¡Pásamela Miguel!
  • ¡A ver cómo le das, Almudena! ¡Te voy a enseñar a jugar!
  • ¿Desde cuándo le gusta jugar a Miguel a las cocinitas? – Preguntó la abuelita
  • Desde que se ha dado cuenta de que así se lo pasará tan bien como el pequeño cachorro y no será tan tonto como los chicos mayores que jugaban al fútbol.

El mensajero de los dioses

Bosque
JRF – 2013

Qué duro es ver cómo personas que han dado la talla, caen en la inseguridad en sí mismos y en la infravaloración cuando las circunstancias les golpean. Qué difícil es mantener el ánimo en situaciones así.

Por ellos va este cuento.

Las personas cometemos errores, pero somos capaces de crear historias y nos deberíamos valorar no por errores o aciertos, sino por las historias que hemos sido capaces de crear.

EL MENSAJERO DE LOS DIOSES (Jaime Ros Felip, 2013)

Un joven enviado de los dioses recorría el bosque negando enfadado con la cabeza. Levantaba hojas del suelo, revisaba raíces, comprobaba el suelo fangoso donde se apoyaban los cantos rodados del río,… No le gustaba lo que veía, ¡y no había hecho más que empezar!

Le enviaron a revisar el estado de la tierra para comprobar que todo ocupaba el lugar que debía y que no había errores en la belleza que ellos habían creado. Su papel era importante y no podía fallar. Era el mensajero de los dioses, alguien destacado, tocado por la magia de un puesto tan codiciado. Debía ser exigente, no permitir un solo error y exigir a todos una obediencia completa hacia sus creadores.

Recorrió varios paisajes hasta llegar al bosque. Estaba enfadado, no podía comprender cómo se podía ser tan poco cuidadoso. A cada paso encontraba errores, imperfecciones, incluso podredumbre y nidos de bichos asquerosos que se removían asustados cada vez que él levantaba una piedra en la orilla del río. Era imperdonable. El bosque debía ser castigado. No merecía ocupar ese lugar. Otro sería quien se encargara de cumplir con el compromiso con los dioses de manera digna.

El alma del bosque dobló la rodilla ante el mensajero y no pudo decir palabra ya que la mano del enviado se levantó haciéndole callar. Le repasó todos sus errores, le reprochó su mal hacer, le explicó que no merecía ser bosque y mucho menos haber tenido la oportunidad de crear un paisaje. La confianza que habían depositado en él había sido pisoteada sin ningún remordimiento. El bosque estaba lleno de suciedad, de desorden, de putrefacción…

Lo llevó ante los dioses y, en su presencia, explicó todo lo que vio mientras el alma del bosque se empequeñecía sintiendo una culpabilidad que al principio no compartía; pero que fue asumiendo ante la seguridad que transmitía el mensajero.

Eso le provocaba un profundo dolor. Él quería ser bosque y sin embargo, los hechos que el enviado presentaba ante los dioses, demostraban, sin fisura alguna, que no servía para ello.

Finalizada la exposición del mensajero, uno de los dioses preguntó al alma del bosque cuál era su opinión. No hubo respuesta, el alma estaba dolorosamente arrepentida de sí misma. Se sentía mal, quería morir, no merecía la oportunidad que le habían dado.

Fue entonces cuando con un gesto de la mano, el dios hizo aparecer una imagen que se expandió por toda la estancia mostrando el bosque iluminado por la luz del atardecer. La imagen era bella, muy bella y el mensajero se extrañó. ¿Qué pretendía el dios? Él sabía que tras esa visión, se escondía la suciedad, el desorden y la podredumbre que él mismo había presenciado.

La mano del dios siguió dibujando en el aire y aparecieron imágenes del invierno, del otoño, de los pájaros moviéndose entre las ramas de los árboles, de las turbulentas aguas del río salpicando las orillas en una sucesión de cascadas, de las copas de los árboles acariciando las estrellas de la noche, de vientos sacudiendo con fuerza los lindes del bosque,… Las imágenes tenían fuerza, tenían belleza, tenían vida.

El dios alzó su voz y la dirigió al alma del bosque:

  • Tu belleza nace de lo que eres y sabes ser. No dudes de ti mismo aunque te muestren lo que de ti no es bello. Para crear un paisaje hay que comprometerse con el ciclo de la vida y la muerte, hay que provocar orden a través del desorden y hay que estar ahí, queriendo y amando lo que haces.

Volvió a alzar su voz dirigiéndose esta vez, al mensajero:

  • La ignorancia es la semilla del daño, mensajero. El menosprecio es el veneno del alma. Incluso aquél que habiendo sido recto ayer, hoy se equivoca, tiene el derecho del reconocimiento de su pasado, de la razón de su desconcierto actual y de su capacidad ante el futuro.

Esta noche está lloviendo

lluvia

Cuando consigo robar un momento al tiempo para escribir algún cuento o algún relato, suele llegar la duda de si debo o no publicarlo.

Es cierto que quien escribe lo hace tanto para sí mismo como para los demás; pero en ocasiones, la materia del relato puede pertenecer a un entorno personal y entonces, debes tener un motivo claro para compartirlo.

El motivo existe.

ESTA NOCHE ESTÁ LLOVIENDO (Jaime Ros Felip, 2013)

Las luces se muestran obstinadamente caprichosas en sus reflejos en el cristal. La lluvia juega con ellas entre batir y batir del limpiaparabrisas. Su sonido actúa como calmante para mis pensamientos. Estoy cansado. No debería estar aquí. No quiero estar aquí. Hace frío. A pesar del aire acondicionado, hace frío. Los cristales se empañan con el vaho de mi respiración. Tengo que abrir otra vez la ventana para poder ver con claridad. El frío entra de nuevo. La lluvia se cuela impulsada por el viento. Hace frío. Subo la cremallera de mi cazadora hasta el cuello y vuelvo a cerrar la ventanilla. No quiero estar aquí.

Han transcurrido más de treinta minutos desde la llamada de teléfono. Treinta intensos minutos de emociones. Sal corriendo, comparte un mensaje de ánimo, vuelve atrás por el paraguas, empapa tus zapatos en los charcos mal esquivados y entra en el coche sospechando que será una larga y difícil noche. No necesito el navegador pero lo acciono por costumbre. La pantalla se ilumina señalando con un sencillo icono, el lugar donde me encuentro. ¿Para qué señalar la dirección a la que voy? Conozco el camino de memoria. Cada giro, cada rotonda, cada semáforo. Casi podría conducir con los ojos cerrados. Me viene a la cabeza las palabras de mi mujer que tantas veces me alertan sobre no distraerme al volante. Tiene razón. A veces, quizá más que a veces, mis pensamientos me desatan de la realidad y dejo mi seguridad en manos de la rutina de mis hábitos conduciendo. Han transcurrido más de treinta minutos mezclándose realidad con pensamientos. Debo tener cuidado. La lluvia, la noche, los otros conductores con sus propios pensamientos, las emociones…, todos juegan un baile desordenado en el que el riesgo parece tener algo que decir. Vuelvo a bajar un poco la ventanilla para que el frío y la lluvia me traigan a la realidad de la calle. No deja de llover. Incluso ahora, lo hace con más intensidad. Veo personas corriendo por la calle, empapadas, con el cuerpo encorvado como si eso les fuera a proteger, sorteando los pequeños lagos y ríos que recorren las aceras a sus anchas. Parecen sombras traídas de películas antiguas en blanco y negro. No hay sonidos salvo el incesante batir del limpiaparabrisas y el ronroneo del motor esperando a que el semáforo nos dé una nueva oportunidad. Esas sombras se cruzan entre los coches aprovechando el obstinado rojo del semáforo y desaparecen como engullidas por la oscuridad de los muros que sostienen unos edificios que parecen no tener fin.

Pienso en qué estarán haciendo mis hijos. Pienso en ellos quizá para no acelerar mis emociones abriendo en mi cabeza imágenes de lo que puedo encontrar en unos minutos. No quiero estar aquí, en el coche, pasando frío, compartiendo atasco con personas que jamás he visto y que si vuelvo a encontrarme con ellas, nunca recordaré. No quiero pero debo. No podría soportar no estar aquí pasando frío en este atasco. El semáforo ha decidido cambiar su color y sólo unos pocos conseguimos rebasarlo. Debo girar a la derecha. Con cuidado. La gente cruza sin mirar como si estuviera protegida por algo que no existe. Qué triste debe ser un atropello en una noche como ésta. Caer en el suelo empapado y sentir el desamparo de la oscuridad. Con cuidado. El conductor de atrás tiene prisa. Todos la tenemos. No debo hacerle caso. Ahora sí. La nueva calle se abre más ancha. Tres carriles, menos tráfico. Un pequeño respiro. Seguro que mis hijos estarán en casa. Ya habrán llegado. Quizá aún falte la pequeña. Sus horarios son incómodos. Me llega un mensaje. Compruebo que tengo un instante para verlo. Sí, ya están todos en casa. Me tranquilizo al pensar que están junto a su madre. Estoy saliendo ya de la ciudad. La rotonda está despejada. En pocos minutos llego. No sé si avisar a mi madre de que estoy cerca.

Siete meses han pasado. Veo a mi padre tendido en la cama de hospital con la  mirada perdida. El silencio tenso abrazándonos a todos, comprimiendo nuestras inquietudes como si fuera una olla a presión. Veo en mi recuerdo, una mano que acaricia su frente. Es la mía. La acompaño con un beso que intento vestir de tranquilidad. No sé si lo consigo. Él me mira y adivino o imagino, un pequeño movimiento de sus ojos que parecen decirme gracias por estar con él. Tantos años a su lado y tan pocas muestras de cariño. Siete meses que se han llenado de caricias, emociones, gestos que parecen intentar suplir carencias de tantos años. Es curioso. Me sorprende cómo ahora comparto con él lo que nunca tuvimos o supimos darnos. Pero ahora él no es el mismo. Ha cambiado. Yo tampoco. Me gusta pensar que también he cambiado. La lluvia se está quedando atrás. Ya estoy cerca. Rezo por encontrar un hueco donde dejar el coche. Ahí lo veo. No sé si habrán llegado mis hermanos. Espero que sí. Apago el motor viendo la imagen de mi madre durante estos meses. Pequeña, enjuta, muy delgada. Nunca ha comido suficiente. No sé de dónde saca tantas fuerzas. Siete meses sin perder la sonrisa, siete meses infundiendo ánimos a los demás. Qué difícil nos lo pone. Pienso que nunca seré capaz de dar tanto. Claro que no quiero estar aquí. No quiero ver sus caras de preocupación, no quiero enfrentarme a lo que temo, no quiero darme cuenta de que doy mucho menos de lo que necesitan. No quiero.

Encuentro las llaves de su portal enredadas con las mías en el fondo del bolsillo. Me he dejado el paraguas en el coche. No importa. Ahora prácticamente no llueve. Localizo la llave de la entrada a la urbanización. No quiero llamar al telefonillo. Quizá debiera. Así sabrían que ya me tienen con ellos. Abro la puerta dejando el telefonillo atrás, sin usarlo. Recorro el jardín a paso rápido. Los rosales están recién podados. Qué lúgubres se ven. Parecen oscuros sarmientos sin vida. Piso un charco empapando la pernera del pantalón. Suelto una mala palabra y me olvido al instante. Ahora el portal. Ya estoy dentro. El ascensor está aquí. Entro y empiezo a sentirme nervioso. El pulso se me acelera. Noto cómo mi corazón golpea como queriendo librarse de mi corbata. Me la regalaron mis hijos. Hace tiempo. Era el día del padre. Creo que es la única corbata que me han regalado. Algunos pensarán que soy un afortunado. Empujo la puerta del ascensor mientras bajo la cremallera de la cazadora. Mi mano peina instintivamente mi flequillo. Debiera ir a cortarme el pelo. No sé cómo puedo no tener tiempo. Ahora sí. Me decido por llamar al timbre. Tengo la llave en la mano, pero prefiero que sea otro quien abra la puerta. Lo hace mi madre. Tengo que estar aquí.

Sus ojos me miran. La abrazo. Es tan pequeña que mi abrazo la envuelve entera. Noto cómo parte de su tensión se vuelca sobre mí. Su mirada, en tan sólo el instante de abrir la puerta, me lo ha contado todo. Me impresiona su entereza. Me impresiona la fuerza de su esperanza. Se agarra a los pocos pétalos que aún quedan. Sigue cuidándolos como si mañana fueran a brotar de nuevo. Ella sabe que no lo harán, pero no deja de hacerlo. No deja de creer. Ojalá me llegue una pequeña parte de tu fuerza. Cierro la puerta y adivino que está sola, sola con mi padre. Mis hermanos no han llegado. No importa. Me quito la cazadora, dejo tirada la bufanda y recuerdo el paraguas olvidado en el coche. Aunque ella no me la da, le tomo la mano entre las mías, le doy un beso y la sigo hacia la habitación. Ahí está. Tan pequeño ahora. Es como si quisiera ser como ella en este último tramo. Como si su afán fuera parecerse todo lo posible a mi madre. Me gusta ese pensamiento inesperado. Me siento en el borde de la cama y escucho a mi madre. Sus palabras repiten lo que ya me ha dicho minutos antes. En menos de una hora he llegado. Mi mujer tiene razón. Debo correr menos con el coche. Las palabras que oigo mientras observo a mi padre, me hablan de cómo se siente ella. Se ha repuesto. Está más tranquila. Habla más serena. Me explica todo otra vez como justificándose. Tiene miedo de haber llamado sin necesidad. Le explico como en tantas otras veces que ha hecho lo que debía. No me entretengo en ello.

Tomo el pulso a mi padre como aprendí hace tantos años ya. A veces me imagino a mí mismo ejerciendo como médico. Terminé la carrera y decidí abandonarla. Mi vida ha sido así. Un correr por nuevos caminos. No sé si busco o huyo. Puede que ambas cosas. No me ha ido mal. Algún día debiera escribir sobre ello. No creo que interese a nadie. El pulso es firme y regular. Respondo a una sonrisa de mi padre con una caricia y con unas palabras cariñosas. Observo sus ojos. Hago que siga mi dedo con la mirada. No hay movimientos extraños. Escucho su pecho pegando mi oreja a su piel. Debía haberme traído el fonendoscopio. No sé dónde estará. Después de tantos años. No hay ruidos anormales. Recuerdo cómo nos enseñaban. Murmullo vesicular, sí esas eran las palabras que hablaban de normalidad. Descubro su tripa y con unos movimientos que me sorprende recordar, reviso si hay algo extraño. Todo normal. Siento el silencio tenso de mi madre detrás de mí. Voy diciendo frases que la distraigan. Ahora quiero revisar los reflejos. La rodilla, el tobillo, el codo, la muñeca. Así es como lo hacíamos en la facultad. Creo que están algo exaltados. Vuelvo a preguntar por la pérdida de visión. Mi madre me lo cuenta. Ha llegado uno de mis hermanos. La abraza, me saluda sin acercarse y se queda a un lado respetando el momento, mientras mi madre me habla de la pérdida de fuerza. Ya no se sostiene en pie. El lado izquierdo parece que ha empeorado. Él está consciente. Habla con dificultad. Peor que antes.

En unos minutos llegará la ambulancia. De nuevo al hospital. No consigo adivinar con claridad los pensamientos de mi madre. Ella sabe lo que ocurre. No ha llegado aún el momento que tanto teme. Veo que se esfuerza por mostrarse serena. Cuando le mira a él se le empañan los ojos. Uno de mis hermanos la abraza y con el abrazo, las lágrimas brotan libres. Pero sólo lágrimas. No hay sollozos. Es una tristeza silenciosa que sigue enseñándonos. No dejamos de aprender de ellos. Incluso se ha retocado el maquillaje y arreglado con cuatro movimientos rápidos, el pelo. La noche está limpia. Ya no llueve. Algunas estrellas se cuelan por las grietas que se abren en las nubes. Me acerco a la ventana mientras hablo con mi mujer. Ella me pregunta. Sobre todo por mi madre. Mientras respondo, pienso que son grandes. Pueden con lo que yo no podría. Me siento cansado. Veo a mi madre arropar a mi padre que ya está en la silla de ruedas y rezo. Rezo por ellos, por mí y por todos.

La ambulancia se ha llevado a mi padre. Mi hermano pequeño le acompaña. Cierro la puerta después de que mi madre ha subido en el coche. Entro y pongo en marcha el motor mientras ella intenta ponerse el cinturón de seguridad. La ayudo. Me inclino y le doy un beso en la frente mientras le digo gracias. Ella me mira extrañada. Le cojo la mano y la sostengo con una ligera presión mirando a través del cristal. Pienso en todo y a la vez, en nada. Suelto su mano y hago que los espirituales negros inunden el momento. Esa música que tanto le gusta. Esa que me ha enseñado a querer. Imágenes que reproducen recuerdos con ella me hacen volver a sentir esos enfados, esas discusiones, esos puntos de vista encontrados. Debo pensar en ello. Estamos en camino y la calle está vacía. Ella ha encendido un cigarrillo. Me ofrece uno. Ahora no me apetece fumar. Ojalá no me apeteciera nunca. Apoyo mi mano en su pierna y vuelvo a decirle gracias. Esta vez, son mis ojos los que siento empañados. Sí quiero estar aquí.

Debo estar aquí.