Durante años habían trabajado juntos construyendo algo que antes no existía.
Habían compartido decisiones, problemas, éxitos, discusiones y muchas horas de trabajo. Conocían bien el terreno y también se conocían entre ellos.
Pero llegó un momento en el que sus caminos empezaron a separarse.
No ocurrió de golpe. Primero fueron pequeñas diferencias sobre prioridades, formas de hacer, ritmos y criterios. Después aparecieron conversaciones más tensas, silencios y cierta incomodidad.
Lo curioso era que ambos seguían comprometidos con el proyecto.
No había un «bueno» y un «malo». Tampoco una falta evidente de profesionalidad.
Había algo más difícil de gestionar: dos personas que habían construido juntas una realidad y que ya no la interpretaban de la misma manera.
Cuando eso ocurre, solemos intentar resolver el problema discutiendo posiciones:
—Qué hay que hacer.
—Quién tiene razón.
—Qué decisión es la correcta.
Pero, muchas veces, el conflicto no está realmente ahí.
Está en los criterios desde los que cada uno está interpretando la situación.
Y mientras esos criterios no se hagan visibles, cada nueva discusión corre el riesgo de convertirse simplemente en otra prueba de que «el otro no lo entiende».
Los equipos no se rompen siempre por falta de compromiso.
A veces empiezan a agrietarse cuando personas comprometidas dejan de compartir la misma lectura de la realidad.
La cuestión entonces no es solo quién tiene razón.
Es otra:
¿En qué momento dejamos de mirar juntos el mismo problema?

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