Compromiso pendiente

COMPROMISO PENDIENTE (Jaime Ros Felip, 2018)

Subes por el sendero que has recorrido tantas veces y sientes dentro de ti el conocimiento de todo lo que te rodea. Hoy dominas este camino. Te ha costado mucho llegar a manejarte con tanta maestría. Reconoces cualquier signo, cualquier detalle. Sabes anticipar cuándo llegará el riesgo y cómo defenderte de él.

Aunque sientes que lo que has logrado es tuyo porque tú lo has conseguido con tu esfuerzo, eres consciente de que una mano te ayudó en tu aprendizaje. Tu maestro. Aquél que se unió a ti sin que lo pidieras, que supo estar a tu lado exigiéndote lo que no habrías sido capaz de exigirte, que se mantuvo cerca y lejos, dejándote caer, moviéndote a que te levantaras. Hace tiempo que se fue. Vuestros caminos coincidieron durante lo necesario para que tú aprendieras. Después, tras varios años, su vida se apagó dejando tras de sí una estela de discípulos que aprendisteis de él.

Sigues avanzando y tu pensamiento se concentran en tus habilidades. Te gusta verte a ti mismo actuar como eres capaz de hacerlo. Es tu éxito. Ha sido tu esfuerzo. Has sido capaz de convertir esos talentos con los que naciste, en algo real, en algo que otros admiran. Por eso te llaman experto. Por eso acuden a ti. Son muchos los que se acercan pidiéndote que seas su maestro. Sin embargo, ninguno de ellos se queda a tu lado. Piensas que deben ser ellos los que deben aprender por sí mismos, los que tienen que enfrentarse al sendero y crear su propio aprendizaje. Tú estás para algo más importante.

Una voz se acerca. La oyes y la sientes llegando a ti desde algo más abajo. Te llama. Al principio, sientes curiosidad, pero para poder saber quién es, debes retroceder en tu camino. No es el momento de hacerlo. Tú estás para algo más importante. La voz insiste. Te pide ayuda. Quiere aprender de ti. Parece estar más cerca. Pero tú sigues tu camino. 

Se ha despertado el viento. Llega arremolinado y te envuelve. No es la primera vez que te enfrentas a él. Hoy parece distinto. Quizás seas tú. Notas una creciente debilidad en tus brazos y piernas. Te cuesta avanzar. La voz sigue llamándote y tú la ignoras. Tienes mucho que hacer. El sendero se llena de polvo agitado por el aire. Golpea tu ropa y proteges los ojos con las manos, abriendo los dedos para poder ver. Te preguntas qué está ocurriendo. No es la primera vez que el viento dificulta tu camino, pero algo dentro de ti merma tu capacidad de reacción. La voz insiste y te molesta. Sus palabras piden ayuda y no se da cuenta de que tú estás para algo más importante.

Caes al suelo. Intentas levantarte y no puedes. Te sientes débil. Las hojas arrancadas de los árboles giran a tu alrededor en un baile caótico. Empiezas a sentir miedo. Te arrastras desandando tu camino y retrocediendo. No eres capaz de hacer lo que antes conseguías con facilidad. La voz está muy cerca. Pronuncia tu nombre y esta vez, la escuchas. Es una voz familiar. La conoces aunque no sabes de qué.

  • ¿Por qué no me ayudas? ¿Por qué guardas tu conocimiento para ti?

Te sorprende su arrogancia. Tu conocimiento es tuyo, tú lo ganaste, tú luchaste por conseguirlo. Tus brazos tiemblan. Sientes frío.

  • No es cierto – dice la voz -, vino de otros, lo encontraste porque otros te lo dieron.
  • Pero fui yo quien luchó por él, eran míos los talentos que hice crecer con él.
  • Tu cuerpo se debilita. Ese gran aprendizaje que lograste, te está abandonando. Te estás quedando sólo.

La voz tiene razón. Lo estás sintiendo dentro de ti. Tus pensamientos no son claros. Te mueves torpemente. Jamás pensaste que esto podría ocurrir.

  • Te ocurre porque no has cumplido el compromiso.
  • ¿Qué compromiso? – Preguntas con dificultad.
  • El que adquiriste cuando te encontraste con tu maestro.
  • Yo no firmé nada. No recuerdo haberme comprometido a nada. – Intentas gritar, pero tu voz suena como un susurro.
  • Pretendes apropiarte de lo que no te pertenece.

De repente, el aire se calma, el ruido cesa, los temblores se van. Te encuentras mejor. Levantas tu cuerpo y miras hacia abajo. No ves a nadie. Diriges tu mirada hacia el sendero. Debieras seguir subiendo, pero no sabes cómo. El miedo sigue dentro de ti y va creciendo. ¿Dónde está tu sabiduría? Estás vacío de ella. Se ha perdido. Tú luchaste por ella y te ha abandonado.

  • ¡Voz! – Gritas con fuerzas – ¿Dónde estás? ¿Qué me has hecho?

Silencio. Vuelves a gritarle al vacío y no obtienes respuesta. Te sientas en una pequeña roca y unes tus manos para frenar el temblor que ha regresado.

  • Ayúdame – ruegas no sabes a quién -, no me dejes sólo.
  • Cumple tu compromiso – ¡Ha regresado! Está contigo. Sientes que no estás sólo. Preguntas deseando sanarte. Pides que te diga qué debes hacer para volver a ser tú mismo.
  • Jamás serás tu mismo. Cada día cambias.
  • Lo he perdido todo.
  • Hay que perder para ganar. Debes desprenderte de lo tuyo para poder mantenerlo en ti.
  • ¿Eres mi maestro? – Has reconocido su voz, es él. No puede ser, había muerto.
  • Sólo muere lo que se olvida. Tú estás matando lo que te di.
  • No te entiendo – Sientes ganas de llorar.
  • Te ayudé sin que me lo pidieras. Estuve a tu lado haciéndote crecer. Lo que te di, lo aprendí de otros. Si no te lo hubiera dado, lo habría perdido como te está ocurriendo ahora a ti.

Crees entender lo que te dice tu maestro. Vuelves a sentir lo que sentías cuando estabas con él y te gusta. Empiezas a notar en ti lo que él te daba y que tú no has dado jamás. Repites en tu cabeza un pensamiento que antes era firme: Tú estás para algo más importante. Ahora lo ves como un error, como un peligro. Tú estás para enseñar lo que aprendiste.

  • Si alguien te regala el tesoro de ser tu maestro, sólo podrás mantener ese tesoro si te desprendes de él y lo compartes con aquellos que puedan necesitarlo de ti.

La voz sigue ahí, pero no sabrías decir si está fuera o forma parte de ti.

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