Cuando lo imposible se rompe (la columna de hoy 20-12-17)

Hay quienes consiguen hacer posible lo que parecía imposible.

Ayer estuve en Canarias. Una sesión de comunicación en público con siete participantes. Fue una jornada que marcó un recuerdo especial. Déjame compartir algo de él contigo.

Merece la pena.

Inicio la sesión con la metodología y estilo habitual. Los asistentes distribuidos en formato U. Esos primeros minutos en los que, como formador, realizas una exposición con la que captas la atención, ubicas, generas interés, empiezas a legitimarte y, al mismo tiempo, inicias el recorrido de evaluación de cada uno de los profesionales que van a compartir contigo esas horas de entrenamiento.

Desde el principio, me doy cuenta de que hay alguien que no está bien.

Una persona que aunque intenta simular seguridad, deja escapar gestos que demuestran que está incómoda, que quiere estar ahí, pero que tiene miedo. Decido mentalmente, mantener una alerta especial sobre ella. Se trata de una mujer joven, sonriente en su gesto, pero con una elevada carga de ansiedad en su mirada.

Llega el momento en el que invito al grupo a preparar durante unos pocos minutos, su primera presentación. Da igual el contenido. Quiero verles en acción y quiero que ellos se lancen a esa piscina que va a ser su escenario de aprendizaje durante el día de hoy. Sí, es cierto, sólo disponemos de una jornada; pero en una jornada se pueden conseguir no todos, pero muchos de los avances que ayudan a la gente a progresar en esa competencia tan atractiva y necesaria.

Ella se aferra a su lápiz trazando líneas temblorosas sobre el papel.

Me acerco y compruebo que está llorando. Me mira y sonríe con esa ansiedad de quien quiere y no quiere al mismo tiempo, de quien sabe que tiene que superarse y sabe también que no lo va a conseguir, porque empieza a sentir esas sensaciones que en otras ocasiones la han bloqueado.

Soy consciente de que el grupo está muy pendiente, aunque siga cada uno preparando su exposición, de lo que vaya a hacer con su compañera. Acerco una silla y me siento frente a ella. Le digo: “Lo estás pasando mal, ¿verdad?”. Mi comentario provoca más llantos y su justificación. Me habla de sus miedos, de sus malas experiencias, de que tiene que superarse, de que para eso ha venido. “Voy a ayudarte, vas a pasarlo mal, pero si me das como plazo esta jornada, te enseñaré a cómo superar esto”.

Ella me dice que sí, en parte, esperanzada y, en parte, atemorizada. Soy consciente de que hay veces que se puede conseguir y otras muchas, no. Pero en este caso, el valor que ella está poniendo, la necesidad que demuestra sentir, esa lucha interna que se percibe con claridad, son ingredientes que no debo ni puedo dejar que pasen sin aprovechar.

Como siempre, la sesión la voy dirigiendo profundizando en ese modelo de comunicación en el que tanto creo, y ajustando la exigencia a lo que soy capaz de percibir en cada uno. Van realizando sus exposiciones.

Le llega el turno.

Hago que trabaje sentada, desde su puesto. Yo también me siento a unos metros de distancia y utilizo una técnica, después la compartiré con ella, para guiarla y apoyarla en ese primer intento de exposición. Responde bien, muy nerviosa pero sobreponiéndose a sí misma. Cuando termina, me levanto, me dirijo a la pizarra de papel y le explico a ella y al grupo la técnica que he utilizado, dejando claramente anotado en el papel, con palabras sencillas y visibles, la secuencia que ha recorrido en esa primera exposición sentada.

Ha llegado el momento de forzar la situación.

Pido que se levante y que se ponga frente al grupo. Sus movimientos demuestran lo que está viviendo por dentro. Le digo que va a repetir la exposición y coloco la pizarra de papel entre ella y sus compañeros. Compruebo que eso la relaja. Espero unos segundos y sin que se lo indique, inicia su exposición. Voz temblorosa, el cuerpo se mueve en lentas oscilaciones, las manos se frotan una contra otra, pero consigue hacerlo. Es su primer éxito de hoy. El grupo la recibe con un aplauso lleno de cariño y admiración.

Sigue la jornada.

Ya estamos en el tramo de la tarde. Están realizando las últimas exposiciones. Son voluntarias. Sale quien quiere. Queda sólo media hora para terminar y ella dice: “Ahora salgo yo”. Se hace el silencio en la sala. Recorre el lateral de la U. Se pone frente al grupo mientras coloca esas cuartillas que he pedido que preparen con la técnica que hemos compartido previamente. Empieza a hablar. Impresiona el esfuerzo que está haciendo. No deja de mirar a sus compañeros. Sigue la secuencia de su exposición, titubeando pero firme. Tres minutos hablando. Tres eternos minutos para ella. Tres inolvidables minutos para quienes asistimos a esa demostración de valentía. Termina. Sonríe contenta recibiendo el aplauso que hace que algunos de ellos se levanten y choquen la mano con ella. Entonces se viene abajo. Los nervios se liberan y llora. Pero esta vez no es por miedo, sino por la alegría que siente al saber que lo ha conseguido.

Le queda un largo camino; pero ha dado el paso más difícil. Lo ha dado porque sabiendo que no podrá eliminarlo, debe luchar contra sus miedos. Lo ha dado porque sabe que otros lo consiguen en circunstancias parecidas a la suya. Lo ha dado porque ha confiado en quien le ha dicho “puedes y puedo ayudarte”. Lo ha dado porque el grupo la ha acompañado sin sobreprotegerla, dejándola ser ella y animándola en su esfuerzo.

Enhorabuena por lo que has hecho y por lo que nos has demostrado. No sé si llegarás a leer esto. Si lo haces, sé consciente de que has dejado un recuerdo de mucho valor en los que compartimos esa jornada contigo.

La verdadera maestra, fuiste tú.

 

 

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