Se sentía sola

Hay historias que tenemos la oportunidad de vivir junto a quien las crea y que se perciben silenciosas porque parecen pasar desapercibidas, cuando, en realidad, si no se hubieran creado, el silencio aparecería con toda su frialdad.

Este cuento nace por una de estas personas creadoras de `historias silenciosas´, por alguien muy especial.

Supongo que leer este cuento, te recordará a alguna persona que también crea estas historias a tu alrededor. Es un privilegio contar con ellas.

SE SENTÍA SOLA (Jaime Ros Felip, 2014)

HerrerilloHabía oído decir que a su especie la llamaban Herrerillo. A ella le importaba poco, incluso sentía ridículo al pensar que los que los estudiaban, los conocían como parus caeruleus, un nombre estúpido e impronunciable. Los humanos eran seres complicados, difíciles de entender y, en muchas ocasiones, crueles. A ella el nombre que le gustaba era `mamá´. Así gritaban sus polluelos cuando, con ese oído tan fino, sabían que ella se acercaba con su comida. Ese sonido que surgía del oscuro agujero de su árbol, la impulsaba a seguir luchando por ellos.

Desde que nacieron, su vida se convirtió en un constante esfuerzo. Ella pensaba que todo sería sencillo, pero vivir era cada vez más difícil. Velar por sus pequeños herrerillos, mantener su nido a salvo, limpio y seco, enseñarles a volar, reprenderles por sus travesuras, enfados y malas reacciones, ayudar a su compañero a conseguir la comida que tanto escaseaba, cuidar a esos amigos que necesitaban de su ayuda, estar pendiente de esos mayores que no podían alimentarse por sí mismos,…

No era fácil vivir.

Las pequeñas uñas abrazaban una rama baja de su árbol mientras miraba al cielo y seguía el vuelo de su compañero. Había pasado mucho tiempo desde que iniciaron su camino juntos y seguía sintiéndose atraída por ese plumaje azul en las alas y esos tonos verdes y amarillentos que brillaban con la luz del sol. El era un herrerillo reconocido por todos. Ella, en cambio, se sentía olvidada por todos.

Se sentía sola.

Notaba cómo todo su esfuerzo se diluía en el tiempo sin conseguir arañar ni un tímido eco en el bosque. Día tras día, empeño tras empeño, su razón se enfriaba porque su emoción no se alimentaba de las palabras de aliento y reconocimiento de otros. Y aunque ella pensaba no necesitarlas, esa ausencia de eco provocaba un silencio difícil de soportar.

Necesitaba abrazos, necesitaba palabras.

Con el pico rascó debajo de su ala mientras recordaba cómo su compañero siempre le decía `yo vuelo por ti´ y ella le respondía `no eres tú quien me falta´. Él no comprendía que necesitaba saber que su esfuerzo servía de algo y ver ese algo delante de ella, tenerlo como ese aliento y ese reconocimiento que la ayudaran a sentirse querida por todos y no utilizada por todos.

  • Tanto tiempo dedicas a los demás que no te queda para admirar lo que eres. – El viento reaccionó al sentir sus pensamientos.
  • ¿Por qué me hablas, viento?
  • ¿Por qué me gritas tu pesar, herrerilla?
  • Por que no es fácil vivir, porque me siento sola, porque necesito abrazos y palabras que acallen el silencio que noto a mi alrededor.
  • No es fácil vivir, herrerilla, tú lo sabes.
  • No es fácil vivir con este silencio.
  • Te sientes sola y, sin embargo, tienes a muchos a tu alrededor.
  • Pero ellos no me hablan.
  • Puede que no te hablen con palabras.
  • Y, ¿con qué me hablan, viento?
  • Siendo como son gracias a ti. Tu compañero, tus polluelos, tus amigos, tus mayores. Todos han creado parte de su historia gracias a lo que tu esfuerzo ha escrito en ella.
  • Me gustaría que me hablaran, que me lo dijeran.
  • Algunos no lo hacen porque no son capaces de ver lo que tú les das.
  • Eso es triste.
  • Otros no lo hacen porque no saben hacerlo como tú quisieras.
  • Deberían aprender.
  • Muchos lo hacen pero sus palabras no llegan a ti porque tanto tiempo dedicas a los demás, que no te queda para admirar lo que eres.
  • Y, ¿qué soy, viento?
  • Una herrerilla madre, compañera, amiga, hermana, hija, que ha sido capaz de ser su mejor herrerilla madre, compañera, amiga, hermana, hija.
  • Me ves con buenos ojos, viento.
  • Te veo con esos ojos que debieras usar tú para mirarte.

El viento se arremolinó alrededor de la herrerilla e hizo que todo lo que la rodeaba cambiara. Seguía en el bosque, pero el sonido era diferente.

  • Este sería tu bosque sin ti – Dijo el viento.

La herrerilla miró lo que su amigo le mostraba. Había creado una visión de lo que todo sería si ella no hubiera estado ahí. Se fijó en el árbol, en su árbol, y el nido no estaba, sus polluelos no existían. Se alzó buscando el vuelo de su compañero y no lo encontró por ninguna parte. En lo que antes era su pequeño hogar, no crecían las flores que ella había cuidado, ni el pequeño arroyo tenía adornadas sus estrechas orillas, las malas hierbas cubrían la raíz de su árbol y los cantos que antes llegaban de esos pájaros amigos, ya no existían.

Ella miró y vio una profunda soledad.

Buscó asustada a sus mayores y no los encontró. Preguntó a unos y a otros y nadie supo darle respuesta. En su vuelo encontró a un pájaro conocido. Se acercó a él y enmudeció al verle solo y abatido. Había sido un herrerillo feliz y ahora parecía mudo y gris. Recorrió el bosque de punta a punta y aunque todo seguía en su sitio, los mil rincones que ella conocía, estaban vacíos de su historia, eran distintos, ajenos, sin aquellas emociones que antes susurraban.

  • Devuélveme a mi bosque, por favor. – Suplicó asustada.
  • Eres tú quien debe devolverte a él, herrerilla.
  • Este no es mi bosque, viento, necesito volver a él, ayúdame.
  • Claro que este no es tu bosque, pequeña herrerilla; pero es el que te obstinas en crear en tus pensamientos. Tu bosque es el que, junto a los tuyos, has sido capaz de crear, el de tu compañero, tus polluelos, tus mayores, tus amigos.
  • Quiero volver.
  • Es en éste en el que puedes sentirte sola, sin palabras, sin abrazos, sin ecos que te llenen de ti misma. Porque éste no es tu bosque, es simplemente un bosque que no tiene nada de ti.
  • Ayúdame a volver, te lo suplico.
  • De acuerdo, pero cuando vuelvas, míralo sabiendo que es como es porque tú le has dado parte de lo que es. Míralo sintiéndolo tu bosque.

Todo volvió a la normalidad. Estaba de regreso y se apoyaba en la misma rama en la que el viento la encontró. Miró a su alrededor y vio su árbol, su nido, su compañero llevando comida hacia sus polluelos, sus amigos atareados en sus interminables quehaceres, sus mayores esforzándose por vivir. Era su bosque y tenía mucho de ella.

Alzó el vuelo, se acercó a su compañero y sonrió.

 

 

 

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