María y su Osito Mimo

Le tengo un cariño especial a este cuento. Lo escribí en 1997 a raíz de un encuentro en el que se buscaban alternativas sencillas para actuar sobre los miedos nocturnos. Lo traigo hoy aquí porque pienso que en muchas situaciones de dificultad, soñar, creer e incluso apostar por lo imposible, nos renuevan las fuerzas para seguir adelante.

MARÍA Y SU OSITO MIMO (Jaime Ros Felip, 1997)

OsitoMaría se acostaba siempre con la luz encendida. Tenía miedo y no sabía por qué. Todas las noches, Mamá y Papá rezaban con ella y le daban un beso al acostarse.

  • Deja la luz encendida, Mamá –pedía siempre tapándose hasta el cuello con las sábanas.
  • Algún día tendrás que aprender a dormirte sin luz. Tienes ya cinco años –le decía Mamá al salir de la habitación.
  • Todavía no, Mamá. ¡Te prometo que dentro de poco lo haré!

Pero no se atrevía. Todas las noches, necesitaba la luz para cerrar sus ojos y dormirse acompañada de Mimo, su muñeco preferido. Mimo era un despeinado osito de peluche, de pelo marrón, ojos grandes, bracitos cortos y regordetes y que, por nariz, tenía cosido un botón de un viejo abrigo de Mamá.

A María le gustaba mucho abrazar a Mimo, hablarle y cantarle canciones. Pero él nunca le contestaba y María sabía que algunos muñecos hablaban. Se lo había dicho su hermano mayor.

José, con sus grandes ocho años, le contaba a su hermanita que él soñaba todas las noches con sus juguetes preferidos. A María le habría gustado soñar con sus muñecos. ¡Parecía tan divertido cuando se lo oía contar a su hermano José! Pero Mimo no hablaba. No soñaba con ella a pesar de que lo abrazaba muy fuerte por la noche y le contaba cosas apoyando la boca en sus graciosas orejitas de peluche.

Una noche, un ruido horroroso despertó a María. Llovía y se oían truenos muy fuertes. La luz estaba apagada y se asustó. Papá siempre la apagaba mientras ella dormía y cerraba la puerta de su habitación.

  • ¡Mamá! –Dijo en voz alta mientras sonaba un trueno espantoso.

Estaba lloviendo mucho y nadie la oía. Volvió a  gritar y se levantó de la cama muy asustada para encender la luz, pero no la encontró. Tampoco encontró la puerta y tuvo que esconderse en una esquina, acurrucada y temblando  de miedo. No veía nada y ya no se atrevía a gritar más. Estaba muy asustada y abrazaba con fuerza sus rodillas, cuando, de repente, alguien le dio unos golpecitos suaves en la pierna.

  • ¿Por qué lloras, María? –ella no se atrevía a decir nada.
  • ¿Por qué te has ido de la cama? ¿Por qué me has dejado solo? –Algo muy suave le acariciaba la rodilla.
  • ¿Quién eres? –Preguntó María intentando ver con los ojos muy abiertos.
  • ¡Quién voy a ser! ¡Soy Mimo!
  • ¿Mimo? –María cogió de la mano al osito de peluche y lo estrechó entre sus brazos.
  • ¿Por qué lloras? –volvió a preguntar.
  • Tengo miedo.
  • ¡Siempre tienes miedo! –dijo el osito secando con su mano las lágrimas de su amiga.- Tienes tanto, tanto miedo que no nos dejas jugar en tus sueños.
  • ¡Yo quiero que juguéis conmigo! ¡José tiene juguetes que juegan y yo no!
  • ¡Claro! Porque tu hermano no tiene miedo y tú sí. –María se quedó callada. No entendía por qué le decía aquello Mimo.
  • Los muñecos  jugamos, reímos y hablamos –el osito habló muy serio- Pero no podemos si tú no nos dejas.
  • ¡Yo sí os dejo! –dijo María enfadada.
  • No, no nos dejas. Nosotros necesitamos entrar en tus sueños por la noche, para jugar y no podemos si hay luz. –Mimo cogió con sus manitas la cara de María y le hizo cosquillas con la nariz- Como tienes miedo, te acuestas con la luz  encendida y nosotros no podemos jugar contigo.
  • ¡Pues yo quiero que estéis en mis sueños! –María cerró los ojos y dio un beso al osito, sin acordarse  de los truenos, ni de la lluvia, ni del miedo.

A la noche siguiente, se estaba limpiando  los dientes cuando su Mamá entró en el cuarto de baño.

  • ¿Has terminado ya, cariño?
  • Sí, Mamá –se fue corriendo a la cama y se tapó con las sábanas abrazando muy fuerte a su osito de peluche.
  • Que descanses, hija –Mamá y Papá le dieron un beso después de rezar y dejaron la puerta entreabierta.
  • ¡Mamá!
  • ¿Qué quieres?
  • Apaga la luz, por favor.
  • ¿Hoy no tienes miedo? –dijo Mamá sorprendida.
  • No –María sonrió-. No tengo miedo y hoy ¡voy a soñar mucho, mucho, mucho! –Y se durmió abrazada a Mimo y a los sueños que no tardaron en llegar llenos de juegos, risas y de todos sus muñecos.

16 comentarios en “María y su Osito Mimo

  1. En algunos momentos de la vida nos sentimos, inquietos y tal vez preocupados por algo , así superemos los retos, queda una inquietud. Será que tenemos miedo a no superar los proximos o querer resolver un problema que no exite. Sí , debemos ser capaces de encontrar nuestro “Mimo” personal

  2. Enrique Cardenas Valdivia

    Cada día nos enfrentamos a nuevos retos, y esta en nosotros superarlos exitosamente!!!, muy buen cuento aplicable ha cualquier situación ante la cual nos mostratamos dudosos de salir airosos. Felicitaciones

  3. Marisa

    Como dice María, estaría bien que todos encontrarámos nuestro Mimo. Quizás este cuento pueda impulsar su búsqueda como primer paso, algo que por obvio no deja de ser complejo. Marisa

  4. María

    Poco puedo decir de este cuento, desde 1997, hasta día de hoy, siempre ha sido mi favorito.
    Pienso que a veces no es facil enfrentarse a tus miedos, son situaciones en las que primero tienes que aceptar, y luego ser valiente para ‘luchar’ contra ellos.
    Qué bonito sería crear, que no encontrar, cada uno de nosotros, a un Mimo que nos salvase de
    ñ todos ellos.

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